Vivir contra la verdad
Apostar por una visión optimista sobre el futuro en una sociedad argentina ganada por el pesimismo, o cuando menos por el escepticismo, tiene un requisito irrenunciable: que los argentinos recuperemos plenamente la pretensión de verdad. La pretensión de verdad es un concepto precioso que urge rescatar. La urgencia es perentoria y alcanza una dimensión de camino crítico o de “pasa o no pasa” para cualquier intento de resolución de los graves problemas que enfrentamos.
En su clásica “Introducción a la filosofía”, Julián Marías define cuatro modos de comportarse el hombre con la verdad.
En primer lugar, “una posible relación es la que consiste en lo que pudiéramos llamar vivir en el ámbito de la verdad”. En las épocas que predomina está actitud vital, el hombre descansa sobre un repertorio de creencias -no interesa que sean ciertas o no- que brindan certidumbre a su vida y le producen una sensación de plenitud y peso. Sus vidas nos parecen vidas verdaderas. Marías observa que las épocas clásicas suelen ser mundos en que se da esta situación. De igual modo en la Edad Media, por más que se critique su “oscurantismo” y su estancamiento intelectual, los hombres vivían instalados en las firmes creencias del cristianismo, lo cual les daba un grado elevado de satisfacción y de certeza por muchas que fueran sus penurias diarias.
Marías continúa diciendo que “puede ocurrir que el hombre no se encuentre en ese estado satisfactorio de creencia suficiente y segura”. O porque hayan fallado o se hayan perdido las creencias tradicionales o porque la situación se haya alterado y el hombre no sepa a qué atenerse respecto de lo nuevo. En esta situación de ruptura aparece la segunda posibilidad, que es la de vivir en el horizonte de la verdad. Marías la describe como vivir con pretensión de verdad, “buscándola en la medida en que no se la tiene o resulta deficiente. Naturalmente, la verdad que se pretende y busca será de otra índole que la anterior; no una verdad en que ‘se está’ o creencia en sentido estricto, sino una verdad a que ‘se llega’ o idea”, según la clásica distinción hecha por Ortega. Marías sostiene que la pretensión de verdad tiene un motor preciso que es la evidencia, que no asegura la posesión de la verdad sino su exigencia. Esta actitud vital también permite vidas auténticas y con una razonable satisfacción, y se corresponde con épocas de renacimientos y de innovación cultural, científica y política.
La tercera posibilidad, nos dice Marías, es mucho más frecuente, “porque son mayoría las épocas en que el sistema de creencias está, por lo menos, agrietado y trunco, y son muy pocos los individuos capaces de la violenta distensión requerida por la indagación de la verdad”. Esta situación consiste en vivir al margen de la verdad. Marías la presenta como una situación apoyada en un repertorio de creencias más o menos coherentes, de las cuales el hombre no se siente solidario y recibe de su contorno sin crítica, y que completa con ciertas “ideas” de las que no tiene evidencia. La raíz última de esta forma de vida es la frivolidad, “que consiste en aparentar saber a qué atenerse y eludir el tomar la vida en serio, llenándola, para ello, de quehaceres o diversiones, de placer, de trabajo, de poder, de éxito; pero como la sustancia misma de la vida es seriedad, esa elusión significa eludir la vida misma, desvivirla y caer en los modos deficientes de autenticidad”. Vivir al margen de la verdad se resume en contar con que hay ideas y creencias pero poder pasarse la vida sin necesidad de ellas. Es vivir en las cosas sin poner a prueba sus fundamentos, vivir al día, provisionalmente y en un puro presente. Es inexcusable que esta forma degradada de relación con la verdad abunde en el mundo actual.
Pero aún existe una cuarta posibilidad, la más inquietante y que Marías califica de situación extremadamente anormal y paradójica, que es la de vivir contra la verdad. “Se afirma y quiere la falsedad a sabiendas”, nunca la verdad. “Ésta es sentida por innumerables masas como la gran enemiga, y contra ella es fácil lograr el acuerdo”. Esta relación patológica también se encuentra extendida en el mundo contemporáneo y es su principal peligro. Por fanatismo se aceptan cosas contrarias a la verdad, quizá, como apunta Marías, por miedo a la verdad. La vida contra la verdad es el modo más grave de inautenticidad: es el modo de no ser de la vida humana.
Estas palabras escritas en una fecha tan lejana como 1947 resultan proféticas. A comienzos del siglo XXI, Marías ratificó en un todo su disección de la verdad y, al meditar sobre el nuevo siglo, advirtió que la amenaza más grave para Occidente es el uso metódico de la mentira, la persistencia en tratar de ocultar, e incluso de invertir, la verdad. El reconocimiento de la verdad produce plenitud y alegría mientras que la mentira es absolutamente negativa: es la traición a la realidad. Traídas estas reflexiones a nuestro país, resulta claro que el actual gobierno vive contra la verdad. Más allá de las luchas políticas, si los argentinos desean atravesar el siglo XXI con holgura vital y en un ámbito de libertad y progreso, nuestra misión es recuperar la pretensión de verdad, la verdad como premisa.