Urquiza se busca
La discordia se vence con la grandeza.
¿Qué es la grandeza? La grandeza es la virtud de acordar con el oponente en beneficio del valor superior de la nación. Pero la grandeza para manifestarse necesita de ideales en pos de los cuales el verdadero estadista abandona su visión partidista y se pone al frente de la transformación de la realidad. Sin sentirse condicionado por su actuación pasada, exento de revanchismos hacia quienes fueron sus enemigos, enfocado en lograr fecundos consensos más que en profundizar heridas de patria chica. El verdadero estadista se sobrepone a las pasiones de sus seguidores y los lidera por los nuevos caminos por donde transcurre la clave de un futuro mejor. Porque reconoce que la verdad se hace entre todos, es capaz de conciliar con sus oponentes y dejar de lado la funesta filosofía del “nosotros y ellos”.
En la historia argentina, la grandeza está asociada a los puntos de inflexión de nuestra vida nacional. Grandeza tuvieron Saavedra y Moreno en el crucial año de 1810; grandeza derrocharon San Martín, Belgrano y Guemes para liderar los ejércitos de la Independencia; grandeza existió a manos llenas en la unidad de argentinos y uruguayos para enfrentar la guerra con el imperio brasileño; grandeza fue la nota dominante de los acuerdos entre Roque Sáenz Peña e Yrigoyen para preparar el advenimiento de la democracia; grandeza, aún tardía, poseyeron Perón y Balbín para reconciliarse y tratar de pacificar a los argentinos.
Entre estos brillantes momentos de nuestra historia sobresale el acto de grandeza que dio origen a la Argentina moderna, la que somos y se forjó en la segunda mitad del siglo XIX a pesar que historiadores extraviados nos quieran hacer creer que esa Argentina fue un error: el apoyo de Urquiza a la organización nacional.
Recordemos la historia. A pesar del ropaje federal de Rosas, las características geopolíticas de Buenos Aires, como cabecera de la llanura pampeana y única salida al Atlántico, naturalmente la llevaban a encarnar el centralismo y a tener un poder creciente en el país. La verdadera provincia federal, la que derrotó a los porteños en 1820, en Caseros y en Cepeda en 1859, era Entre Ríos. En razón de su cuna entrerriana, Urquiza fue mucho más que el principal lugarteniente de Rosas en la guerra sin cuartel contra los unitarios: fue el autor del triunfo del federalismo en la organización nacional.
Desde 1835 -a los efectos prácticos desde 1829- el país vivía bajo la autocracia rosista. Con la premisa de mantener el poder a cualquier precio que signa su conducta política por sobre toda otra consideración, los años de gobierno de Rosas pasaban sin que diera señales de cuál era su proyecto futuro ni su estrategia de sucesión. Perpetuarse sin un objetivo claro de país era su única consigna. Contra ese estado de cosas se había rebelado la Generación del 37 y contra ese estancamiento se pronunció Urquiza en 1851, quién el año siguiente derrotó a Rosas en la batalla de Caseros. Urquiza no se movilizó contra Rosas por mero afán de poder; lo hizo por convencimiento propio de que había llegado la hora de constituir el país. De allí su famoso lema “Ni vencedores ni vencidos” como prenda de unión.
Urquiza tenía la ventaja de contar con el programa constitucional de Alberdi y sus compañeros de generación, que hizo suyo, y por eso rápidamente convocó a la Convención Constituyente que en Santa Fe sancionó la Constitución de 1853. Aunque no estuvieran presentes los representantes de Buenos Aires, que meses antes se habían rebelado contra Urquiza, iniciando el período de la secesión nacional, él continuó adelante sin titubear. La secesión de Buenos Aires duró siete largos años y demuestra que la mentada unidad nacional que habría logrado Rosas muy lejos estaba de ser una realidad y que fue la dura tarea de Urquiza buscar los medios de conseguirla. Este acción tuvo dos pasos fundamentales. En 1859 se libró la batalla de Cepeda, en la que venció a Mitre, terminó con la secesión y logró que Buenos Aires firmara el Pacto de San José de Flores y aceptara la Constitución de 1853 con algunas enmiendas. A pesar de estos hechos, el conflicto renació y en 1861 Urquiza y Mitre se enfrentaron por segunda vez en Pavón. Las crónicas históricas indican que Urquiza abandonó el campo de batalla cuando el combate no estaba definido, lo que permitió la victoria de Mitre. Muy criticado por sus propios partidarios, Urquiza se había dado cuenta que era necesario llegara a un acuerdo tácito para que Mitre presidiera el país sabiendo que en el mediano plazo Buenos Aires tenía más poder que Entre Ríos. Por fortuna, tuvo en Mitre un interlocutor lúcido que también debió imponerse a los porteños que no querían un pacto con Urquiza. Y que compartía el programa del 37. El acuerdo Urquiza-Mitre fue forjado por dos hombres que se habían enfrentado duramente y que conducían a partidarios fanatizados: pero ambos privilegiaron una visión compartida sobre el futuro del país.
El lamentable espectáculo que nos brindan los políticos argentinos en los días del Bicentenario nos exime de mayores detalles: una farsa de lo que debió ser la fiesta más importante de la patria de las últimas décadas. No solo no aparece un programa de país que nos una y entusiasme, sino que ni siquiera se exaltó el cumplimiento del ideal democrático de Mayo, que ha llegado para quedarse y proporciona el suelo firme donde erigir los consensos y la grandeza.
Parafraseando a Joaquín V. González, un juicio de dos siglos se cierne sobre los políticos argentinos. Para ser absueltos, Urquiza se busca.