Se necesita una nueva ley Sáenz Peña
La Argentina vive una época de transición política. A veinte años del regreso de la democracia, sus resultados socioeconómicos son desalentadores. A pesar de ello, la vigencia de la democracia es plena y forma parte indisoluble de las creencias de los argentinos. En paralelo, y contra una interpretación en exceso pesimista, en estos lustros el progreso moral y cívico de la sociedad ha sido profundo.
El reclamo de instauración de modernos principios republicanos de gobierno y la exigencia de renovación moral en todos los ámbitos de la vida nacional son puntos de partida formidables para nuestro futuro. Es cierto que todavía existe una marcada distancia entre las creencias de los argentinos y su materialización; justamente esta distancia es la que caracteriza a las épocas de transición, como la que le toca presidir al Presidente Kirchner: en ellas, las ideas alcanzan vigencia colectiva antes que se produzca su pleno ejercicio en la sociedad.
La reforma desde dentro
A partir de la consolidación del poder presidencial en 1862 (Presidencia Mitre), y aún con el telón de fondo del fabuloso crecimiento del país en las décadas siguientes, un clamor se fue abriendo paso: el fin del fraude electoral.
El régimen conservador, gracias a la visión de sus mejores hombres, supo escuchar este reclamo y produjo desde su seno la Ley Sáenz Peña de sufragio secreto y obligatorio, sancionada en 1912. Pero la Ley Sáenz Peña, ni siquiera la Presidencia Sáenz Peña, hubieran sido posibles de no haber gobernado entre 1906 y 1910 el Presidente Figueroa Alcorta, que asumió el cargo tras la muerte del Presidente Quintana; por un azar de la historia, un vicepresidente sin fuerza política propia tomó el poder y lo ejerció de tal manera que anuló la influencia de Roca, el todopoderoso político de su tiempo, y toda la maquinaria política de gobernadores que lo apoyaba.
Figueroa Alcorta allanó el camino para que su sucesor llevara a cabo la reforma política más importante desde la sanción de la Constitución de 1853. Pero el dato relevante es que la reforma la hicieron los propios conservadores bajo el fuerte liderazgo de estos dos grandes presidentes de nuestra historia. El Presidente Kirchner enfrenta un origen y una circunstancia presente con fuertes analogías históricas que el lector sabrá hallar, con la ventaja que su posible reelección, antes vedada, abre la posibilidad de que una sola persona esté en condiciones de realizar la obra entera de la reforma política que la nación reclama a voz alzada.
Con una ventaja indudable: el Presidente Kirchner es peronista y sólo un peronista puede realizar la reforma política desde dentro, porque en esta reforma el laberíntico movimiento peronista es el principal problema a resolver.
La nueva Ley Sáenz Peña
¿Cuál debería ser la orientación esencial de una reforma política a la altura de las necesidades del siglo XXI y de la crisis que vive la nacionalidad? No podemos entrar en una propuesta detallada, pero la posibilitación de un escenario con dos o tres partidos políticos fuertes, nacionales, con prácticas internas democráticas y financiación transparente, que elimine la hegemonía desproporcionada del peronismo, es el secreto de la alta política de la hora actual.
Hace un siglo se trataba de que los argentinos votaran libremente; hoy se trata de eliminar el clientelismo y de reemplazarlo por un sistema de partidos políticos incentivados para la selección de los más aptos y no de los más corruptos, violentos o incapaces.
Una alternativa a estudiar en este sentido es el cambio del sistema proporcional para las elecciones legislativas por un sistema de lista incompleta que podría albergar una mayoría (50%) y dos minorías con 25% cada una (a diferencia de la Ley Sáenz Peña que otorgaba dos tercios a la mayoría y un tercio a la minoría), y de regresar al sistema de elección presidencial por colegio electoral, donde los electores también se asignen por el mismo método. La eliminación del sistema proporcional sería criticada por dejar fuera de la representación política a fuerzas menores: la práctica indica que las partidos menores no pesan en absoluto en una elección presidencial y sus exiguas representaciones no tienen relieve alguno en el Congreso.
Es preferible que tres partidos políticos concentren la vida política, tal como lo demuestra la natural tendencia argentina de estos veinte años de democracia.
Porque la clave de la reforma radica en generar un proceso de aglutinamiento de fuerzas afines, incluyendo a partidos provinciales, que hasta la fecha nunca se ha logrado, ante el temor de desaparecer de la escena nacional.
La Argentina no saldrá de su actual encrucijada por una metamorfosis cultural súbita de sus ciudadanos sino por el diseño inteligente de instituciones políticas. Hacemos votos porque en el futuro los argentinos hablemos de la Ley Kirchner con la admiración y el respeto que recordamos a la Ley Sáenz Peña.