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Revolución en democracia

La Prensa La democracia alemana o la japonesa son el resultado de su derrota en la guerra. Los cambios en España, Chile o Corea del Sur se originan en previas dictaduras. Las democracias de las naciones de Europa Oriental deben su nacimiento a la caída del imperio soviético. Pero lo que nunca se ha dado hasta la fecha es la posibilidad de transformaciones estructurales profundas mediante la alternancia de elecciones democráticas

En 1983, luego del colapso de la Guerra de Malvinas, se produjo el retorno triunfal de la democracia. A pesar del entusiasmo general, a casi veinte años de funcionamiento irrestricto de la democracia, vivimos la peor crisis de nuestra historia.

¿Qué nos sucedió para que la anhelada democracia llevara a millones de argentinos a la más espantosa pobreza? Simplemente la esperanza depositada en 1983 fue confiscada por el peor de los corralitos: la ausencia de estadistas a la altura de las exigencias de la hora.

La joven democracia argentina no tuvo tutores con la sabiduría y la honestidad moral imprescindibles para su vigoroso desarrollo. Una secuencia de pésimos gobernantes jalonan de espinas nuestro propio camino de servidumbre, aquél que las democracias occidentales supieron sortear en la posguerra.

La fraseología obsoleta de Alfonsín, matriz de la hiperinflación, la soberbia continuista de Menem, que condujo a un incremento descontrolado del gasto público y de la deuda externa, la tolerancia cómplice del FMI frente a ese endeudamiento galopante, la inoperancia mortal de De la Rúa y la Alianza, el mesianismo heterodoxo de Cavallo y el suicidio político y económico de Rodríguez Saa y Duhalde, cimientan la vía appia de nuestra decadencia.

No obstante los desastres padecidos por la ciudadanía argentina, décadas de frustraciones fueron finalmente internalizadas y hoy el sistema democrático goza de plena aceptación.

Revolución y democracia

Los argentinos rechazan en bloque a la clase política pero al mismo tiempo su creencia en el valor de la democracia se mantiene incólume. Han aprendido que las transformaciones revolucionarias que a gritos pide la nación deberán ser realizadas en democracia.

La mutación del movimientismo político en un moderno sistema de partidos, la anunciada reforma política, la refundación del poder judicial, el ataque frontal a toda forma de corporativismo (sindical, militar, de asociaciones de profesionales, de estatutos del sector público), la reforma integral del sistema de impuestos y la coparticipación federal, la modernización del Estado y el recupero de su capacidad de brindar salud pública, educación, seguridad pública y protección frente al desempleo, la reestructuración de la deuda pública en consonancia con las necesidades de atraer nuevas inversiones, el afianzamiento, en definitiva, de un moderno estado de derecho que brinde seguridad jurídica y recree el clima de trabajo y confianza que hizo la prosperidad argentina hasta 1930, es el desafío revolucionario que enfrenta la democracia argentina.

En teoría política, las revoluciones son acontecimientos que cambian de raíz un régimen (la Revolución Francesa, la Revolución Rusa) o se producen durante las guerras de independencia (Revolución Norteamericana o nuestra Revolución de Mayo).

Terminada la época de las revoluciones clásicas, en el siglo XX modificaciones de regímenes políticos de similar profundidad sólo tuvieron lugar como consecuencia de guerras o dictaduras. La democracia alemana o la japonesa son el resultado de su derrota en la Segunda Guerra Mundial: Los cambios experimentados en España, Chile o Corea del Sur se originan en previas dictaduras, ajenas a nuestras convicciones presentes. Las democracias de las naciones de Europa Oriental deben su nacimiento a la caída del imperio soviético.

Pero lo que nunca se ha dado hasta la fecha es la posibilidad de transformaciones estructurales profundas mediante la alternancia de elecciones democráticas.

El liderazgo de Buenos Aires

Luego de veinte años desperdiciados, el desafío argentino es protagonizar la primera revolución en democracia de Occidente. Porque está claro que nuestro país sólo alcanzará paz y prosperidad si se acometen cambios de naturaleza revolucionaria.

En consecuencia, la pregunta pertinente es: ¿cómo se hace una revolución en democracia? ¿Cómo se la lleva adelante en el marco de una crisis que agota cada día la paciencia de los argentinos? No es sencilla la respuesta aunque sí conocemos un requisito esencial: la transformación tiene que ser liderada.

No por la aparición de un hombre providencial sino por toda una generación de hombres y mujeres, demócratas y patriotas que enseñen el camino. Esta generación de adelantados de la revolución en democracia tendrá su bautismo en el distrito que sea más permeable a su misión histórica.

Pues bien, este es el rol reservado a la ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires ha sido el alma y el brazo ejecutor de todas las revoluciones argentinas. Buenos Aires ha sido precursora de los mejores logros de la argentinidad. Los porteños enseñarán el camino de la revolución en democracia: Ya lo han hecho otras veces en nuestra historia. La revolución democrática será en Buenos Aires o no será.

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