¿Por qué los jóvenes apoyan a Milei?
En la exuberante plaga de encuestas que asolan a los argentinos, algunos resultados se mantienen más o menos constantes. Uno de ellos, muestra que los jóvenes entre 16 y 35 años son el sector de la sociedad que más apoya a Milei. Este apoyo atraviesa a todas las fuerzas políticas. ¿Es posible dilucidar a qué se debe?
Todos fuimos jóvenes, lleno de ideales y de deseos de cambiar la realidad, como pensará el lector al recordar su propia juventud. En esos años, éramos críticos naturales del mundo de nuestros mayores. Es que, por naturaleza, los jóvenes poseen un espíritu revolucionario, traducido en un genuino deseo de cambiar el orden establecido que encuentran en la sociedad. Es muy positivo porque impulsa la renovación del statu quo pero no siempre se presentan las circunstancias para canalizar la rebeldía que anida en sus corazones.
En el caso de la Argentina, la democracia y su sistema de alternancia en el poder ha sido un bálsamo para encauzar ese espíritu revolucionario hacia la participación cívica. Sin embargo, esa misma democracia fracasó en ofrecerles un camino a los jóvenes para su desarrollo personal e incluso llevó a que miles emigren fuera del país en búsqueda de mejores horizontes. Primer punto: el sano espíritu de rebeldía.
Ante ese panorama de frustraciones permanentes, donde les mintieron innumerables veces prometiendo paraísos que nunca llegaron, los jóvenes argentinos no se sentían escuchados y veían como su futuro se les escapaba de las manos. Ortega decía que el hombre es futurizo, es decir, que está forzosamente obligado a realizar su proyecto de vida en el halo de incertidumbre del futuro. Esta condición futuriza está particularmente presente entre los jóvenes porque, por definición, se hallan en total disponibilidad para forjar sus vidas y necesitan creer que sus aspiraciones se podrán materializar algún día. Si el futuro no los llena de esperanza, los jóvenes ven limitado el desarrollo de sus vocaciones y caen en la apatía. En el mismo sentido, los jóvenes están hartos de que sus padres y abuelos se sigan peleando por cuestiones del pasado. Para ellos, lo único importante es el futuro. Segundo punto: esperanza en el futuro.
Parafraseando a Max Weber, los jóvenes se mueven en la ética de la convicción y son esquivos a la ética de la responsabilidad. La clave de su conducta en los tiempos actuales, muy diferente de lo que ocurría en el siglo pasado, es no renunciar a ser auténticos. Esta convicción vital de autenticidad los hace sumamente perspicaces a la hora de juzgar a los políticos: tienen una brújula infalible para orientarse entre quienes actúan de modo auténtico o de quienes buscan acomodarse a las modas de la hora. Para la valoración que hacen, nada es más contraproducente que un político tradicional haciendo monerías en Tik Tok. Viendo la burla de los jóvenes, esos políticos de cartón pintado se deben preguntar sobre sus vanos esfuerzos por caerles simpáticos, ¿para quién canto yo entonces? Tercer punto: la premisa de la autenticidad.
Los jóvenes están menos preocupados por las formas y conductas que son defendidas por los adultos y más atentos a los hechos y al cumplimiento de las promesas electorales. Los modales de Milei son rechazados por personas que dejaron atrás los años dorados de la juventud, pero los jóvenes juzgan que ellos fracasaron en forjar una sociedad desarrollada y equitativa y, por eso, no cuestionan invectivas descalificadoras contra dirigentes de las generaciones que los preceden. Cuarto punto: la irreverencia como conducta.
Los jóvenes abominan de los regímenes laborales rígidos de antaño y eligen ganarse la vida con el mayor grado de libertad posible. Las ideas de la libertad hincaron sus raíces en ellos desde su vida personal y luego la trasladaron a sus ideales políticos. Por primera vez en mucho tiempo, el Estado pasó a ser visto como el reino de la burocracia, que dificulta sus vidas en todos los planos y los agobia como una nefasta sombra omnipresente a cada paso que dan. En ese mundo enrarecido, las ideas de la libertad son una bocanada de aire fresco frente a un Estado signado por la corrupción e infestado de privilegiados, parásitos militantes e intereses corporativos sectoriales que Ortega, siempre Ortega está presente, denominaba el flagelo del particularismo. Quinto punto: las ideas de la libertad.
En el nuevo mundo de la redes y la IA, los jóvenes se forman políticamente por sí solos y desconciertan a los académicos que tratan de comprender sus conductas desde los claustros universitarios. Los manuales políticos tradicionales les resultan tan lejanos como un códice medieval, mamotretos arcaicos que no encajan con la tercera década del siglo XXI. Sexto punto: la noosfera de las redes.
Los jóvenes repelen instintivamente las formas acartonadas de la política, que, según se dan cuenta a primera vista, ocultan la ambición desenfrenada de perpetuarse en el poder. Y premian, en consecuencia, a aquellos políticos que manifiestan que se irán a su casa cumplidos dos mandatos constitucionales. Séptimo punto: el desdén hacia dirigentes vitalicios.
Los mayores seguramente intentarían defenderse de la crítica de los jóvenes y decir que se equivocan y que solo con el tiempo se darán cuenta de sus errores. Es posible. Sin embargo, ¿qué adultos son capaces de quitarlesa los jóvenes el derecho a equivocarse en una Argentina que en buena parte ha sido una completa equivocación? ¿Qué adultos están en condiciones de tirar la primera piedra?
Los jóvenes son sinónimo de vitalidad personal y contagian a la sociedad cuando se insuflan de esperanza y entusiasmo. En un país asolado por la decadencia y por el fracaso de las generaciones senior, son la savia nueva que busca renovar las anquilosadas plantas de la dirigencia argentina.
Quizá cabría preguntarse como Ortega en España Invertebrada: “¿qué nos invita el Poder Público a hacer mañana en entusiasta colaboración? Desde hace mucho tiempo, mucho, pretende el poder público que los españoles existamos no más que para que él se dé el gusto de existir”. Y afirmaba que ese pretexto es “excesivamente menguado” y que la nación se iba deshaciendo. Los jóvenes argentinos reaccionaron con energía contra un panorama similar entre nosotros y se sumaron con el entusiasmo propio de la juventud para colaborar en dejar atrás la decadencia y alentar la esperanza de un futuro peraltado para sus vidas.
Los dirigentes políticos al uso no se percataron de las nuevas demandas de la sociedad, en especial de los jóvenes: aquellos que con autenticidad acertaron a liderar el cambio que exigía la sociedad se ganaron el derecho de representarlos mientras que quienes intentan volver al pasado, abusar del poder, insistir en propuestas demagógicas, mentir con promesas que no cumplen o llenarse sus bolsillos son desterrados de sus preferencias políticas.
Termino con la pregunta inicial: ¿por qué los jóvenes apoyan a Milei?