Nosotros, el pueblo de la Nación Argentina
La política es insustituible como herramienta de conducción de las sociedades modernas. Aceptada esta premisa, nuestro drama es que los políticos argentinos no entienden que el siglo XXI traerá una profunda transformación del concepto de representación política. La revolución digital permitirá que día a día los consensos populares se expresen con gran velocidad y presionen a la clase dirigente en el sentido de dar cumplimiento a sus demandas. Las elecciones formales serán sólo uno de los procedimientos para que se manifieste la voluntad popular. De este modo, el concepto de representación indirecta que contiene el preámbulo de la Constitución Argentina, “Nos los representantes del pueblo” evolucionará hacia un concepto de plena soberanía popular, que magistralmente se expresa en la Constitución norteamericana, “we the people of the United States” (nosotros el pueblo de los Estados Unidos) y que sin duda ha influido decisivamente en la solidez del sistema político de nuestro vecino del norte. Es el pueblo, y no sus representantes, quien se organiza políticamente para perseguir los beneficios de la libertad y el bienestar de todos los habitantes.
Unidad nacional: ¿acuerdo político o consenso social?
Hemos afirmado en otro artículo anterior que el análisis de la historia argentina nos enseña que nuestra nación progresa cuando una conjunción de sectores sociales logra el predominio político con el consentimiento expreso o tácito de sus principales antagonistas. A esta circunstancia histórica la denominamos períodos de hegemonía consentida. Los períodos de hegemonía consentida son épocas de consenso y de grandes cambios, referidos a transformaciones de estructuras sociales y no a sus aspectos superficiales.Estos períodos suelen suceder a períodos de estancamientos prolongados en los distintos órdenes de la vida social. El cuerpo social, agotado por períodos de luchas estériles o sacudido por fracasos recurrentes, reclama un proyecto nacional a largo plazo y con objetivos claros. El acuerdo tácito Urquiza-Mitre (1861), el acuerdo Mitre-Roca (1891), la sanción de la ley Saenz Peña (1912), la Concordancia (1938), son ejemplos de acuerdos nacionales que abrieron períodos de progreso. La constitución de la Alianza entre radicales y frepasistas intentó seguir esos antecedentes pero no tuvo éxito.
Hoy estamos en la antesala de uno de esos períodos históricos. Los ciudadanos argentinos están maduros para apoyar un verdadero programa de renovación nacional de viejos conceptos y estructuras perimidas. Se percibe en la nación la vigencia de un acuerdo tácito a favor de inaugurar un período de progreso y paz social. Cuando se presentan estas circunstancias, el éxito final depende de que la clase política esté a la altura de los tiempos e interprete el consenso tácito existente en la ciudadanía y trabaje en un acuerdo de unidad nacional que trascienda sus intereses partidistas. El presidente De la Rúa ha realizado una amplia convocatoria a la unidad nacional, pero en un sentido seguramente distinto lo propio ha hecho el ex presidente Alfonsín. No parece que esta superposición de propuestas sea la fórmula acertada. Una vez más, los políticos dan señales de estar atrapados en la política con minúsculas.
Es, por tanto, el pueblo argentino quien exige que la clase dirigente lleve adelante un acuerdo de unidad nacional generoso que refleje su voluntad y sea el punto de partida para acometer reformas estructurales muchas veces postergadas e iniciar un período de progresocon un horizonte de varias décadas. Cuando así se hizo, Argentina creció vigorosamente y fue tierra de promisión para millones de inmigrantes.
Por debajo de la crisis, nuestro pueblo mantiene intactas sus reservas éticas y de talento, las que nos permitirán recrear el sueño argentino. “Nosotros, el pueblo de la Nación Argentina” lo demandamos.