Los argentinos y el Mundial
Soy un hincha de futbol. De los que va a ver a su equipo cada vez que juega de local y desmenuza en los bares porteños una jugada polémica como si se tratara del principio de incertidumbre o la ética de Rawls. De la estirpe de Fontanarrosa y de aquéllos que sienten que gritar un gol agónico nos aproxima por un instante a la gloria de la contemplación divina o al arrobo inmanente de la dicha completa, aquí y ahora. Contra quienes ven en el futbol un fanatismo inexplicable y una suma de exageraciones compulsivas y negatividades psíquicas, soy un hincha apasionado de futbol.
Tuve la inmensa fortuna de estar presente en los tres partidos más electrizantes que jugó la selección argentina en Brasil y vivir en comunión con la tribuna el éxtasis del gol postrero de Di María a los suizos y la explosión de energía del Big Bang de Maxi Rodríguez frente a los holandeses. Aristóteles dice al comienzo de su Metafísica que los hombres comienzan a filosofar movidos por la admiración ante el cosmos (thaumazein es la bella expresión griega que utiliza para nombrar el deslumbramiento del hombre ante todo lo que es): si apenas tuviera una mínima porción del talento del inmortal maestro del Liceo, en esas dos tardes memorables en el Arena Corinthias debí haber descubierto una nueva ética de la felicidad.
Pero también formé parte de la legión de argentinos que copó de colores blanquicelestes y cantos arrabaleros el templo hereje del Maracaná, queriendo emular la conquista de los bosques teutónicos por las huestes de Julio César (Germánico) o las hazañas andinas de San Martín. En el país tropical debíamos enfrentarnos a los gélidos germanos de Arminio y de Klose. Fue una epopeya memorable de ataques y contraataques, de gambetas irreverentes, de quites mascheranianos y de goles perdidos por un equipo que pudo pasar a la historia como los sitiadores de Berlín (o de Montevideo) y terminó cayendo en su ley como los espartanos de Leónidas. No hace falta que me lo digan: me parece escuchar la ira de los críticos adustos de nuestro fervor futbolero, ¡cómo puede comparar un simple partido de futbol con las grandes gestas de la historia! Está claro que no nos entienden. Es obvio que nosotros pertenecemos a las esquinas rosadas y al potrero y ellos son hombres pequeñitos. Que nos encarnamos en el sentimiento trágico de Unamuno y despreciamos el racionalismo logicista de Hegel.
Pero también soy un hincha de la realidad. Por vocación, aproveché los días que pasé con mi hijo en San Pablo y Río para observar las reacciones de los brasileños a propósito del magno evento del Mundial. Hacía muchos años que no visitaba el país y tuve desde el primer momento la sensación de que la sociedad brasileña había evolucionado de modo diferente que la argentina.
Se había comentado mucho entre nosotros la extendida protesta de millones de brasileños frente a los gastos excesivos que causó el Mundial. A los argentinos nos parecía muy extraño que en un país de profunda tradición futbolística existiera un movimiento contestatario tan arraigado. Hablando con muchos ciudadanos de nuestro vecino, viendo los comentarios en los medios de comunicación, rápidamente pude comprobar que la explicación es bastante sencilla: la sociedad brasileña ha madurado en sentido positivo y sus prioridades comienzan a alinearse más con las verdaderas necesidades del país que con la preocupación por mostrarle al mundo que son capaces de organizar un torneo deportivo. Los brasileños han comenzado a mirar hacia el interior de sus problemas y a no estar tan pendientes de lo que opinan los extranjeros de ellos. Es una sana afirmación de su personalidad, propia de las sociedades maduras, bastante alejada de la forma en que seguimos nosotros viendo las cosas. En una etapa más adolescente de nuestra trayectoria histórica, en la sociedad argentina se criticaría duramente a quienes se opusieran a organizar un Mundial de futbol, tratándoles casi con seguridad como traidores a la patria. Tal la dependencia que seguimos teniendo de lo que otros opinan de nosotros.
Las sorpresas continuaron a medida que avanzaba el campeonato. Realmente, la presencia de argentinos en Brasil fue masiva y estuvo invariablemente acompañada de cantos burlones hacia nuestros eternos rivales, en futbol y en casi todo. Pero los brasileños las tomaban con bastante naturalidad, como si se tratara de un espectáculo festivo que los argentinos, esos locos de las pampas, les brindaban sin costo. Cuando Alemania goleó a Brasil y pasamos a la final mi familia pensó, extrapolando nuestras costumbres argentinas, que incluso podríamos correr riesgo físico pero nada de eso sucedió. Quizá se imaginaba que ocurriría si el Mundial se jugara en nuestro país, Alemania le ganara 7 a 1 a la Argentina y los brasileños accedieran a jugar la final en el Monumental. En Brasil, la reacción de la gente, los comentaristas y la prensa, incluso la de los jugadores y del técnico, frente a la histórica goleada fue extraordinariamente moderada. Sentí una sana envidia al observar que un partido de futbol era juzgado en su justa proporción y que el patrioterismo y la crítica demoledera no tenían cabida.
Los argentinos aumentaban la apuesta y las cargadas se tornaron provocadoras y permanentes. Pero la conducta de los brasileños no se modificó. Se podía caminar tranquilamente por las calles de Río y todo se redujo a que muchos brasileños se pusieron la camiseta de Alemania y apoyaron a los teutones en la final (entre nosotros esto hubiera sido visto como una inaceptable claudicación de nuestros colores nacionales). Vino la derrota y de nuevo las sorpresas. Volvimos al hotel con la camiseta argentina puesta y a pesar de ello las burlas fueron mínimas. Definitivamente, los brasileños le daban al futbol la importancia que se merece.
A la misma hora, en Buenos Aires estallaban los saqueos y los violentos actuaban con total impunidad durante un tiempo interminable. Esto tampoco hubiera sucedido en Brasil, donde las fuerzas policiales hacen cumplir la ley y no le temen a reprimir incidentes promovidos por salvajes y delincuentes. El final fue en Ezeiza, donde coincidimos con la llegada de la selección. Fue recibida con calidez y entusiasmo a pesar de no ser campeones, demostrando la necesidad que tiene el pueblo argentino de tener motivos para festejar y escaparse de la dura realidad que vive. Pero no pudieron llegar al Obelisco porque nadie podía garantizar su seguridad. El discurso presidencial los calificó de héroes e hizo alusión a todos los lugares comunes del nacionalismo patriotero que nos sigue caracterizando y que nos diferencia de nuestros hermanos brasileños. Seamos hinchas de futbol pero en una sociedad más madura y segura de sí misma y de sus prioridades.