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Los años de la Independencia I - Buenos Aires en 1816, la pequeña aldea

La Prensa Como puerto de ultramar, como centro de civilidad y progreso, como adelantada cultural, como ágora revolucionaria, Buenos Aires inició la trayectoria histórica que construiría la Argentina moderna

La Pampa está acunada por el ubérrimo contrapunto de la cordillera de los Andes, la región del Altiplano, la gran selva del Chaco, los ríos generosos de la Mesopotamia y la Patagonia. Unidos conforman un cerco natural de proporciones colosales, que la encierran y la obligan a mirar hacia el océano, y más allá al continente europeo. Es una conjunción de paisajes única en el planeta que constituye la singularidad geográfica del territorio argentino. Esta singularidad cobra todo su sentido con la fundación de Buenos Aires. Allí, Don Pedro de Mendoza, cerca de pajonales color de león, en una pequeña altura saturada de sol, escribió los primeros palotes de la argentinidad y fundó Nuestra Señora de Santa María de los Buenos Aires. ¡Y que razón tuvo el esforzado adelantado al bautizar el ínfimo caserío bajo el augurio del aire límpido de la mañana y el señor protector de la madre divina de la cristiandad!

Tan particular fue la historia de Buenos Aires desde su cuna, que es la única capital de América que fue fundada dos veces. Su primera vida comenzó en 1536, fecha temprana en relación con la fundación de Lima (1535), Bogotá (1538), Santiago (1541), Río de Janeiro (1565), Caracas (1567), con la excepción mayor de México, que propiamente no fue fundada sino rebautizada en 1521 por Hernán Cortés. Muy posteriores resultan la fundación de Montevideo (1724), Quebec (1608), Nueva York (1626), Sydney (fundada en 1788 como población penal), Washington (1789). Destruida en 1541 por órden de los españoles de Asunción, fue refundada en 1580 por Juan de Garay.

Para desgracia de Buenos Aires, América terminaba en Potosí. Confinados en la ciudad más austral de Indias, de espaldas a un desierto de horizonte infinito, a miles de leguas de los centros de poder y cultura, abandonados por la metrópoli a sus propias fuerzas, obligados a comerciar por la antinatural ruta de Portobello (Buenos Aires, Salta, La Paz, Lima, Portobello), en el vasto Imperio los rioplatenses fueron los bárbaros coloniales. Para los refinados aristócratas de Lima y de Madrid, vivían en las fronteras del mundo colonial, en rudimentario contacto con la civilización virreinal, apegados al bárbaro culto del coraje y el caballo, creyentes en un igualitarismo instintivo que mamaban en las inmensas llanuras pampeanas. Creían los ciudadanos del Imperio que Buenos Aires era sinónimo de contrabando de cuero y que la rebeldía libertaria del gaucho era el resultado de su vida nómada en las campañas, fuera del alcance de la ley, de cara a las estrellas y a sí mismo.

Unas pocas referencias históricas dan una idea cabal del extendido interregno que separan las instituciones de Lima de las de Buenos Aires. La Universidad Nacional Mayor de San Marcos fue fundada en 1551, Córdoba en 1614, San Francisco Javier de Chuquisaca en 1624, Buenos Aires en 1821. El Consulado de Lima fue creado en 1618, el de Buenos Aires en 1794. La Audiencia de Lima en 1542, la de Charcas en 1551, la de Buenos Aires en 1785. La primera imprenta se instaló en Lima en 1584; a Buenos Aires llegó en 1705. Este abismo histórico fue salvado por los rioplatenses en unas pocas décadas y maravilla al observador imparcial su capacidad de recuperar el tiempo perdido.

En 1620, Buenos Aires tenía 1000 habitantes, mientras que Potosí era una concentración de población monstruosa para la época con sus 160.000 habitantes. El crecimiento demográfico de Buenos Aires fue muy lento; todavía hacia mediados del siglo XVIII apenas superaba los 10.000 habitantes. En 1816 se estimó una población de aproximadamente 40.000 personas, de los cuales un tercio eran habitantes de color. Esta pequeña aldea sostendría los ejércitos de la Independencia y ostentaría el orgullo de ser la única capital virreinal que nunca fue reconquistada por los ejércitos realistas.

Postergada durante centurias por el sistema comercial monopólico de España, a partir del decreto de libre comercio de 1778 Buenos Aires inició un meteórico ascenso económico. La comparación de los ingresos de la aduana de Buenos con los de Lima es impactante: en 1780, los ingresos de la capital del Virreinato del Perú ascendieron a $345.600 y estaban en franca decadencia; en 1783, a solo cinco años del libre comercio, la aduana de Buenos Aires producía ingresos por $368.967. En 1810 las rentas de la aduana porteña ascendían a $2.600.000!. Si tomamos las exportaciones de cueros, núcleo del poder económico de la época, las cifras de crecimiento son igualmente asombrosas. Hasta 1778 la exportación se calculaba en 150.000 cueros anuales. Después de 1783, ese número había aumentado a 1.400.000. Córdoba apenas tenía ingresos por $70.000.

La vida cotidiana era áspera en la pequeña aldea de 1816. Las condiciones sanitarias eran muy malas y se concentraba en formar médicos militares y cirujanos que servían en los ejércitos patriotas. No extraña entonces que la antigua Escuela de Medicina del Protomedicato se convirtiera en el Instituto Médico Militar, dirigido por el doctor Cosme Argerich. Una ventaja de Buenos Aires era la amplia disponibilidad de agua que las carretas de los aguateros traían del río y se vendía por las calles. En otras partes el agua era de pozo, de aljibe, de lluvia. Por eso, era común que la gente se bañara en el río. Mientras se veía trabajar a lavanderas, en su mayoría de color. No solo usaban jabón, sino que golpeaban la ropa con paletas de madera y la secaban sobre la hierba

Desde 1811 se celebraron en Buenos Aires las "fiestas mayas", en conmemoración de la Revolución de 1810. La gente de la ciudad se reunía en la Plaza Mayor, dividida por la vieja Recova (se demolió en 1884),donde se realizaban distintos juegos. Uno de los más populares eran los "palos enjabonados" que en la punta tenían premios. Por la noche se escuchaba música, se bailaba y se disfrutaba de fuegos artificiales. El candombe era la diversión preferida entre los esclavos de raza negra.

Un espectáculo poco recordado eran las corridas de toros. En 1791 el virrey Arredondo inauguró la pequeña plaza de toros de Monserrat (ubicada en la actual manzana de 9 de Julio y Belgrano) con una capacidad para unas dos mil personas. Pero fue quedando chica, así que fue demolida y se construyó una nueva plaza para 10.000 personas en el Retiro en la que alguna vez supo torear el teniente de Granaderos Juan Lavalle.

En Buenos Aires el juego de la Lotería tiene amplia aceptación. Se juega los martes frente al Cabildo y con numeroso público. Al igual que los billares, el dominó y el truquiflor, antecedente del truco.

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