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La lotería de la muerte: Matías Berardi

No Publicados Mientras nos matan por las calles, nuestros gobernantes ocultan la realidad sin saber que el sol no se puede tapar con las manos. Actúan como el rey desnudo de la leyenda delante de un pueblo que se siente abandonado a su suerte. Que no es escuchado por más que en su nombre se hacen promesas demagógicas, que nunca se cumplen

Ayer la tragedia de la muerte sin sentido encrespó su hedor macabro sobre la familia Berardi. Anteayer fueron Isidro, Barrenechea, Garrido, Capristo, Giacardi, Rodríguez, Rosujovsky, Mata, Lanzavecchia, Friol, Regis, Landolina, Sonnenfeld, Blumberg, Miralles y centenares de víctimas inocentes. Hoy una noche de terror perpetuo se cierne sobre los argentinos que intentamos vivir nuestras vidas. Las nuestras, las únicas que tenemos. Ayer vinieron por Matías, mañana vendrán por nosotros.

La familia es el santuario de la vida (Juan Pablo II, Centesimus Annus). Por eso, sesgar de raíz un proyecto de vida por un crimen alevoso es matar dos veces: es matar al ser querido y es matar a la familia. Escribe Julián Marías que la muerte de la persona amada nos resulta inimaginable: “No podemos concebirla como no existente, porque sigue existiendo dentro de nuestro proyecto de vida, como ingrediente de él, y permanece como realidad, no ya hacia la cual nos proyectamos, sino con la cual lo hacemos” (Persona). La muerte natural es un hecho esencial de la vida, que da sentido a nuestros sueños y proyectos pero la muerte violenta de una madre, un esposo, un hijo, una hermana, el asesinato a mansalva, gratuito, absurdo, que se abate siniestramente sobre los argentinos, es una metáfora perfecta de la sinrazón y de la inseguridad galopante que nos asecha por todas partes. ¿Adónde fue a parar la vida apacible que conocimos en épocas mejores? ¿aquellos años en que podíamos jugar en la calle y caminar despreocupados por Buenos Aires? ¿quién nos robó el barrio? ¿quién se llevó el respeto por el vecino y la alegría de crecer en paz y concordia? Quien haya sido, nos quitó una porción esencial de nuestras vidas que evocamos con nostalgia como un paraíso perdido.

Mientras nos matan por las calles, nuestros gobernantes ocultan la realidad sin saber que el sol no se puede tapar con las manos. Actúan como el rey desnudo de la leyenda delante de un pueblo que se siente abandonado a su suerte. Que no es escuchado por más que en su nombre se hacen promesas demagógicas, que nunca se cumplen. Nos tratan como si fuéramos idiotas incapaces de darnos cuenta de que lo único que les preocupa es conservar el poder. Y nada más. Son mensajeros del obscurantismo político en una nación que reclama soluciones concretas a tragedias concretas. Que se desespera todos los días por tener que llorar la destrucción de centenares de familias argentinas.

Ayer aniquilaron para siempre los sueños de una familia argentina. Por eso, a mi esposa y a mí la noticia del crimen nos heló la sangre, nos horroriza y paraliza. Vivimos aterrados por la vida de nuestros hijos. Tenemos miedo, lisa y llanamente miedo. Hoy todos somos Matías. Hoy todos comulgamos con el dolor de su familia. Ayer hicimos poco por rebelarnos, ¿qué haremos mañana? ¿o esperaremos mansamente a que nos toque el próximo número de la lotería de la muerte?

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