La insoportable levedad de la oposición
Hoy es un lugar común afirmar que no existe oposición frente al proyecto hegemónico del kirchnerismo. Lo sorprendente es que se repite esta letanía como si se tratara de una novedad, pero la verdad histórica enseña que el peronismo siempre ha buscado neutralizar a quienes se oponen a su poder omnímodo. Desde su nacimiento en 1945, ha sido un movimiento político autoritario con la vocación expresa de condicionar la viabilidad de las fuerzas opositoras, tanto desde el poder como desde el llano.
Varias son las causas que dan razón histórica del peronismo pero de por sí no se materializarían en victorias electorales sino fuera por un elemento catalizador esencial: la mitología peronista. La seducción que ejerce el peronismo sobre grandes mayorías nacionales se basa en la potencia de su discurso político, en la fraseología política que la actual Presidenta ha rebautizado como el “relato”, cuya utilización política a la luz de lo antedicho no es una innovación del kirchnerismo. Cristina Fernández de Kirchner no ha hecho otra cosa que aggiornar la mitología peronista, adecuando el contenido del relato a sus propios deseos de monopolizar el poder. Y es que la actual Presidenta confirma algo que todos los analistas aceptan: en el peronismo lo que importa es el poder.
Sin embargo, no es el contenido particular del relato peronista, menemista o kirchnerista el que explica la fidelidad de sus millones de seguidores sino un elemento consustancial a la psicología de masas: la capacidad del líder político de generar entusiasmo por el futuro. En este punto la superioridad del peronismo sobre los partidos opositores es incontrastable: el peronismo contagia fervor y pasión a sus seguidores. Es un movimiento político que produce esperanza y que transmite que es posible modificar para bien el futuro. Tiene un mensaje para la juventud.
Pero justamente la utilización sin límites de una liturgia elemental pero efectiva para conquistar el poder descubre el costado más endeble del peronismo: su escaso apego a las ideas. En el peronismo las ideologías no importan. En el peronismo caben por igual el corporativismo sindical de Perón, el “síganme” de Menem o la Cámpora de los Kirchner.
Frente a la contundente masa electoral de la simbología peronista, el discurso opositor es light, no tiene peso, es volátil, no es enérgico. Parafraseando a Milan Kundera, el discurso opositor está aquejado de una insoportable levedad. En su célebre novela, Kundera descarnadamente pone de manifiesto que los seres humanos a menudo evitan comprometerse con acciones de peso, eluden volcarse en cuerpo y alma a una vocación, no asumen el riesgo de vivir una pasión, prefiriendo decisiones escapistas, más fáciles, livianas, para terminar comprobando que esas decisiones frágiles y huidizas se vuelven contra ellos. En palabras de Italo Calvino: “en la vida, todo lo que elegimos por su levedad no tarda en revelar su propio peso insoportable”.
Si quiere conquistar el alma de los argentinos, el discurso opositor debe tener un contenido trascendente de cara al futuro. No es culturalmente atractivo, no provoca el deseo de sentirse parte de una corriente política capaz de aglutinar a intelectuales, artistas, estudiantes, voluntarios de ONG, productores rurales, comerciantes, trabajadores o jóvenes emprendedores. Se limita a oponerse sin éxito alguno a los abusos del gobierno, a ser antikirchnerista, pero no tiene nada positivo que proponer para entusiasmar a la sociedad. Por este camino no se ganan elecciones. No será posible derrotar al hegemonismo kirchnerista discutiendo los años setenta o, aún peor, pretendiendo defender los años noventa. Es un debate del pasado, anémico e insoportablemente inerte.
La escasa predisposición del peronismo para mantener una doctrina coherente de ideas traslada a las fuerzas opositoras un desafío mayor: ¿cómo elaborar un discurso político basado en valores que al mismo tiempo llene de entusiasmo a la sociedad? ¿qué visión del porvenir argentino deberían proponer para seducir a los jóvenes que sea compatible con un programa de gobierno serio y responsable? Estamos hablando de combinar propuestas concretas con una retórica que ilusione y aliente las aspiraciones de las grandes mayorías. De sueños y valores.
Hablar de sueños y valores parece una ingenuidad cuando aquí, y en todas partes del mundo, la opinión extendida es que son los factores económicos los que deciden las elecciones. Muy probablemente sea cierto en la mayoría de los casos, pero también existen encrucijadas en que las sociedades se inclinan a favor de un cambio de rumbo histórico, hartas de vivir décadas de conflictos y decadencia. En estas encrucijadas, como la que el propio peronismo protagonizó en 1945, lo que importa es interpretar las demandas profundas de la sociedad y acertar a ponerse a la cabeza de lo que en alemán se describe como el zeitgeist, el “espíritu del tiempo”.
La oposición es acusada de no ser capaz de asegurar la gobernabilidad. Sólo podrá superar este estigma si se decide a decir las cosas por su nombre, a defender con coraje los valores que hicieron grande a la Argentina, a poner en juego una alternativa clara y contundente, de peso, que no pueda ser sacudida por el huracán dialéctico del gobierno. La ciudadanía está esperando que alguien lisa y llanamente se preocupe por la inseguridad y diga sin culpa que se debe reprimir el delito, que la inflación es un cáncer que carcome a los que menos tienen, que la corrupción será perseguida hasta sus últimas consecuencias por una justicia independiente, que el matonismo no será un recurso valido para hacer política, que no se puede prosperar espantando a los inversores, que el derroche de recursos extraordinarios de que ha gozado el país es un error que la historia juzgará con dureza, que la decadencia argentina se debe a nuestras propias deficiencias y no a culpas ajenas. La oposición no debe tener la menor duda en recuperar el discurso del trabajo como único medio de progreso que nos legaron nuestros mayores, en jugarse por la educación como solución a largo plazo para sacar de la indigencia a millones de argentinos, en comprometerse a luchar por la equidad social como si en ello le fuera la vida, en reivindicar el valor de la verdad y de los consensos que surgen de la discusión de ideas. Si no toma partido a fondo, si se deja arrastrar a que sólo la economía importa, si no dice con todas las letras que el problema argentino es un problema de valores, entonces no deberá sorprenderse que la sociedad sospeche de sus convicciones y de su vocación de poder. Nadie apuesta a un líder si lo observa timorato, irresoluto y sin un mensaje esperanzador. De no imponer su presencia, la oposición logrará que nuevamente sea un sector interno del peronismo el que capitalice el desgaste del gobierno.
Por sobre todo, el discurso opositor debe quemar las naves de la confrontación kirchnerista y soñar con la tierra prometida que fue y será nuevamente la patria de todos los argentinos. Luego de una década de autoritarismo, que culmina décadas de predominio peronista, la sociedad está madura para abandonar el etéreo orbe de realismo mágico del relato kirchnerista. Para lograrlo, el mandato de la oposición es contagiar de fervor a quienes creen que un país a la altura del siglo XXI es posible y mostrar una fe capaz de mover las montañas del atraso y la mentira. La defensa de la libertad, la equidad y la democracia no debe ser una rutina aburrida sino una aventura desafiante y grávida de esperanza y de futuro.