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La cultura, la ley y el progreso

La Prensa Los argentinos hemos olvidado la potestad de la Ley y por ello hemos pagado un precio muy caro (incluso los actuales “cacerolazos” populares corren el riesgo de desvirtuarse y terminar siendo “cacerolazos” corporativos: el de los deudores, el de los ahorristas, el de los atrapados en el “corralito”, el de los maestros, el de las inmobiliarias, el de los jubilados, etc.)

En filosofía, Heidegger sostuvo que el olvido del ser era la gran omisión de la metafísica occidental. Basado en esa premisa, produjo una renovación del pensamiento filosófico que, más allá de su evolución posterior, fue original y profunda. En el ámbito de la historia argentina, y parafraseando a Sarmiento, el mal que aqueja a la República es el olvido de la ley. Esta teoría monocausal sobre la decadencia argentina puede ser objetable como toda teoría que reduce la realidad a una sola variable principal. Nuestro propósito al proponerla es discutir la validez de otra teoría que a raíz de la globalización creciente ha cobrado una vigencia inaceptable: la cultura de una nación es el factor determinante de su desarrollo económico y de su progreso en general. Según esta especie, el fracaso argentino se debe a la incompatibilidad existente entre nuestra cultura y los requisitos de una moderna nación capitalista.

Dos interpretaciones falsas

La crisis del sistema de representación político que vive por estas horas la Argentina, como tal, una crisis de mayor radicalidad y gravedad que todas las crisis políticas del siglo XX porque no afecta a tal o cual factor del poder político sino a la esencia misma de nuestro sistema constitucional de representación, ha llevado a plantear dos interpretaciones sobre su origen. La primera, sostiene que nuestro mal nacional son los políticos y que, por tanto, eliminados éstos, la solución de los problemas argentinos será inmediata. Esta tesis trae aparejados los problemas bien conocidos de la democracia directa, un ideal que madurará en el siglo XXI, pero que hasta la fecha no constituye una solución estable para el gobierno de sociedades de alta complejidad, y tiene la enorme ventaja moral de descargar la frustración de los ciudadanos en la clase política. La segunda interpretación es la respuesta lógica a la anterior: los políticos son ciudadanos argentinos con sus defectos y sus virtudes. Si a esta posición se suma la dificultad que encuentran los mejores analistas, locales e internacionales, para explicar el estancamiento argentino pese a disponer de todos los elementos para la prosperidad, la conclusión es darle la razón a los defensores de la importancia de los valores culturales: los males argentinos son responsabilidad de la inadecuada cultura de los propios argentinos. En nuestra opinión, esta interpretación es falsa. La cultura representa uno de muchos factores de progreso. La aparición del nazismo en Alemania, una de las naciones que todos eligiríamos como ejemplo de cultura superior, es una prueba irrefutable, entre las muchas posibles, de que la cultura no es un factor por sí mismo determinante del progreso de los pueblos, aún cuando limitemos el progreso a la óptica de los valores predominantes en Occidente.

El imperio de la Ley

Las naciones del primer mundo representan en conjunto la consolidación de la Sociedad Abierta. La Sociedad Abierta puede ser descripta como la sociedad donde imperan la libertad política, la neutralidad moral y, como su consecuencia, nunca como su causa, la riqueza económica. El surgimiento de la Sociedad Abierta ha sido el fruto de un proceso de evolución histórico producido a partir de la vigencia de los principios del liberalismo. Entre estos principios, la existencia de un orden de normas abstractas de comportamiento, es decir, el imperio del Derecho y la Ley, ante quien se inclinan por igual la totalidad de los ciudadanos, ha posibilitado el desarrollo de la Sociedad Abierta.

La Ley es la fuente de todo civilidad y el único remedio descubierto por los hombres para impedir la anarquía o el despotismo. Por imperio de la Ley, los hombres confían en que serán respetados sus derechos y bienes y se deciden a cooperar en la construcción de las naciones. Cuando la Ley no es la máxima vigencia de un orden social, los individuos desconfían de sus conciudadanos, se agrupan de acuerdo con sus intereses corporativos y se corrompen y corrompen al poder político provocando la descomposición progresiva de la sociedad. Pues bien, la historia argentina de los últimos setenta años es la consolidación de los poderes corporativos a expensas de la Ley y la verdadera democracia política. Los argentinos hemos olvidado la potestad de la Ley y por ello hemos pagado un precio muy caro (incluso los actuales “cacerolazos” populares corren el riesgo de desvirtuarse y terminar siendo “cacerolazos” corporativos: el de los deudores, el de los ahorristas, el de los atrapados en el “corralito”, el de los maestros, el de las inmobiliarias, el de los jubilados, etc.). .

La seguridad jurídica y el respeto estricto de las normas del derecho son un factor de progreso más importante que los valores culturales de los pueblos y así lo demuestra la historia económica del siglo XX. En consecuencia, la consolidación de un sistema político y social en el que la Ley sea soberana es el primer mandamiento de los argentinos.

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