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Inflación y gobernabilidad

La Nación Los argentinos sabemos por experiencia que el desmadre inflacionario es la causa de profundas conmociones, cuyo corolario son crisis políticas que desequilibran a los gobiernos. Pero la destrucción de la credibilidad del Indec es un intento de tapar el sol con las manos

La inflación es un flagelo recurrente de la sociedad argentina, un fenómeno monetario consistente en la progresiva destrucción del sistema de precios como regulador de los agentes económicos. El cáncer inflacionario destruye las células vivas que espontáneamente interactúan en el organismo social, facilitando el intercambio de bienes y servicios, y lenta pero inexorablemente lo debilita hasta conducirlo a una crisis que afecta a todos sus integrantes. Aniquila la confianza de productores y consumidores y conduce a la recesión.

Además, los argentinos sabemos por experiencia que el desmadre inflacionario es la causa de profundas conmociones, cuyo corolario son crisis políticas que desequilibran a los gobiernos.

Aquello que comienza como una puja distributiva inevitablemente acarrea una veloz pérdida de poder para el gobernante de turno. Acorralado por las demandas cruzadas de los ciudadanos, los gobiernos sucumben a la tentación de confrontar con sus opositores, en un vano intento de conservar su autoridad. Las consecuencias más graves de la inflación no son la recesión económica ni la estanflación (recesión con inflación), sino la creación de un clima de peligrosísima confrontación entre oficialismo y opositores sociales y políticos.

La inflación galopante que se desató en las postrimerías de la primera presidencia de Perón lo obligó, a pesar de haber ganado su reelección con el 61% de los votos, a adoptar en 1952 un plan de estabilización de productividad y ahorro, fuertemente resistido por la CGT de la época, y a una implacable confrontación con vastos sectores de la sociedad, que lo debilitó seriamente. Décadas más tarde, Isabel Perón, que había obtenido el 62% de los votos como compañera de fórmula de su esposo, ingresó en un declive sin retorno al estallar en 1975 la inflación reprimida del Plan Gelbard en la crisis del Rodrigazo. Años después, la crisis hiperinflacionaria de 1989, consecuencia de las inconsistencias del Plan Primavera, condujo a la crisis de los saqueos y a la pérdida abrupta del poder por parte del presidente Alfonsín, a pesar de que en 1983 había llegado a la presidencia con el 52% de los votos.

Afortunadamente, los argentinos conocemos las señales inconfundibles del virus inflacionario. Hoy, los síntomas de que el peligro está cercano son inequívocos. Aunque el precio de los commodities que exportamos no desciendiera, en cuyo caso la crisis se aceleraría, el sistema de precios ha llegado a un grado de distorsión que hará imposible mantenerlo en equilibrio, a pesar de estar intervenido por el Gobierno con un sistema de subsidios e impuestos rayano en el derroche y la arbitrariedad. La destrucción de la credibilidad del Indec es un intento de tapar el sol con las manos. Con su accionar, el Secretario de Comercio, Guillermo Moreno, va en camino de pasar a la historia como el prototipo del realismo mágico en la ciencia económica. El desabastecimiento de combustibles y la escasez de gas y energía eléctrica muestran que tarde o temprano habrá que imaginar el modo de contar con precios que alienten la inversión. También se ha esfumado la estrategia, inflacionaria y empobrecedora de los asalariados, de mantener artificialmente alto el valor del tipo de cambio. Sin crédito externo y con un gasto público que agobia al sector privado, el próximo acto de esta historia tantas veces repetida será la progresiva caída del salario real. lo que lógicamente originará airadas reacciones. Como sucede siempre, la voracidad fiscal del Gobierno en la extracción de recursos del campo para sostener un sistema de precios agotado, colmó la paciencia del campo. Y el campo, acompañado por la clase media de todo el país, hizo su gran demostración: son necesarios cambios profundos en lo económico, para insertarnos en las mejores prácticas que hacen a la prosperidad de los pueblos. En lo social, dejando a un lado las compañías impresentables de matones a sueldo, y en lo político, iniciando la era de la calidad institucional, una frase hecha que todavía no ha encontrado su lugar en el cosmos del autoritarismo kirchnerista. Estamos a tiempo. De no escuchar el mensaje de la sociedad, la presidenta Fernández de Kirchner, que obtuvo el 45% de los votos, se expondrá a una pérdida de gobernabilidad que terminará afectando a todos los argentinos.

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