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Hijos realistas, padres idealistas

Revista Seúl En las viejas familias votantes de Juntos por el Cambio, las diferencias generacionales sobre qué hacer con Milei invierten los roles tradicionales de la política

20 de noviembre de 2023, un día después del balotaje: «Te lo dije papá. Milei iba a ser presidente».

A diferencia de su hermana, que vive en España hace seis años, nuestro hijo mayor nunca pensó en irse del país luego de graduarse. Tampoco era muy apegado a las cuestiones políticas hasta que apareció Milei en escena. De buenas a primeras, se sumergió en el mundo de las redes como muchísimos jóvenes en los treinta y tantos años. En casa siempre apoyamos a Juntos por el Cambio y nos sentíamos decepcionados por lo mal que terminó el gobierno de Macri. Para las elecciones intermedias del 2021, Milei nos resultaba un personaje extravagante y un completo outsider, sin ningún futuro político. No fue así para nuestro hijo. Desde el primer momento, se convirtió en un ferviente mileísta y en un metódico seguidor de las redes y de la política. Pasó a formar parte de lo que se llamaría el núcleo inicial de Milei.

Por mi parte, siempre me acompañó una intensa vocación por estudiar la historia argentina y las teorías políticas, e incluso tuve alguna participación política en mi juventud, por lo que pasamos largas horas charlando sobre el fenómeno Milei, como yo lo llamaba con un dejo crítico indudable, mientras él lo veía bajo la acepción de auténtico e inédita revelación. Mantuvimos estas charlas, muy fructíferas para mí, durante los dos años siguientes. El fenómeno Milei crecía en la opinión pública, por los que lo idolatraban y también por los que lo denostaban. Sin embargo, la verdad es que ningún encuestador predijo los resultados de las PASO de 2023. Mi hijo sí. Me venía diciendo que Milei daría el batacazo. Y realmente fue un batacazo.

El resto de la historia es conocida. Milei ganó el derecho a ir al balotaje en la primera vuelta de las elecciones presidenciales y en noviembre obtuvo el 56% de los votos, con el apoyo masivo de todo el electorado de JxC y, de un modo sin antecedentes, por el voto de millones de jóvenes de todos los grupos sociales. Las consignas sobre la casta y la motosierra habían derrotado por completo a la agresiva y aceitada maquinaria electoral del peronismo unido. Mi hijo se sentía exultante y yo, debo confesarlo, también, por la posibilidad que se abría de llevar adelante ideas básicas en economía, increíblemente postergadas en la Argentina, y de acometer reformas urgentes para el crecimiento del país, luego de tantas décadas de pobreza y decadencia.

Sábado 4 de octubre de 2025, hace una semana. Nuestro hijo viene a almorzar a casa y, como no podía ser de otra forma, hablamos sobre el caso Espert. Anoche Espert dijo, en tono desafiante, que no se baja de su candidatura a diputado por la provincia de Buenos Aires. Y todo indica que el presidente Milei lo apoya casi en soledad.

Desde que Grabois –nadie sabe cómo se atreve a tirar una primera piedra sobre corrupción– hizo la denuncia sobre fondos recibidos por Espert de un acusado de narcotráfico, el clima de la opinión pública se enrareció, con los medios periodísticos no kirchneristas y figuras del gobierno exigiendo que el candidato Espert aclarara su papel. La conclusión prácticamente unánime es que sostenerlo en su candidatura tendría repercusiones muy negativas en el electorado más afín al PRO.

Justo en relación con esa conclusión, casi una verdad de puño alberdiana, es que quiero recrear la charla que tuve con mi hijo en la sobremesa del sábado, todavía dolidos por la eliminación de Racing de la Copa Argentina. Para mí fue, como en nuestras charlas de 2022 y 2023, un punto de atención a tener en cuenta.

Mi hijo sabía, porque se lo venía contando, que entre en mis amigos de sesenta y tantos años, en su enorme mayoría votantes de JxC, y más específicamente afines al PRO, había muchos disgustados por el estilo agresivo de Milei, por sus descalificaciones de periodistas, por sus peleas con aliados que en 2024 lo habían ayudado a forjar un año legislativo excepcional, que la historia estudiará como un modelo exitoso de gestión o por las rencillas internas entre su hermana y Santiago Caputo. Entre mis amigos las preocupaciones por la crisis económica no son el principal problema: la molestia con Milei se deriva de la acción política. Y aún en mayor medida, de los casos de corrupción. El caso Espert, en cierta forma, era la gota que rebalsaba el vaso.

Le pregunté a mi hijo cuál era su opinión sobre mis amigos, que sostenían a los cuatro vientos que debido a todas estas cuestiones, no votarían a los candidatos de la LLA y preferirían no votar, o, en todo caso, elegir algunas de las opciones minoritarias. Me respondió:

—No entiendo a tus amigos. No quieren votar a LLA-PRO porque se dicen republicanos pero no les importa que gane Fuerza Patria, que es un antro de figuras procesadas o condenadas por corrupción. Me hacen acordar a la victoria pírrica que describiste en tu último artículo en La Nación: prefieren ganarle esta batalla electoral a Milei aunque pierdan la guerra con el kirchnerismo. Porque votar a fuerzas muy minoritarias, que no tendrán peso en el Congreso, es muy lindo para quedarse tranquilos con sus conciencias, aunque al mismo tiempo sea la forma más directa de que vuelvan quienes arruinaron al país y se enriquecieron a más no poder.

—Quizá piensen que es preferible defender ciertas formas de hacer política y elegir a figuras intachables antes que votar al mal menor.

—¿Y permitir que gane el mal mayor? Esos señores grandes amigos tuyos se ponen románticos e idealistas. Critican los árboles que no les gustan de Milei sin ver el bosque que se está tratando de crear. Y ponen en riesgo a una opción que la sociedad votó, y que ellos mismos votaron.

—¿No creés que tienen derecho a votar sin especular sobre el resultado?

—Me parece una posición tonta e incomprensible. En el fondo, se pueden dar el lujo de votar a candidatos “puros” porque tienen la vida hecha. Pero yo necesito que el país mejore o también me tendré que ir.

—El argumento de mis amigos es que buscan contribuir a consolidar una tercera fuerza de centro, equidistante del mileísmo y del kirchnerismo.

—¿En serio creen que en estas elecciones lo que está en juego es empezar a construir una tercera fuerza de centro? Entre todos los terceros candidatos que se presentan en CABA y en la provincia de Buenos Aires, están los fracasados de siempre o personas que jamás estarán en condiciones de liderar un cambio profundo. Estos candidatos se creen que haciendo lindas críticas al Gobierno se construye el futuro del país.

—Buscar nuevas opciones no está mal. Alguna vez hay que empezar a construirlas, te contestarían.

—Papá, vos mismo me repetís hasta el cansancio que cambiar la Argentina es una tarea titánica por la cantidad de intereses creados que existen. Hoy la única opción de poder real para lograrlo es Milei, con sus puntos fuertes y sus debilidades. No es muy difícil de entender.

—Te escucho y me sorprende la claridad de tus prioridades.

—Es muy simple. Si en octubre la va mal a Milei, se va todo a la mierda y las ideas de una economía moderna, estable y en crecimiento se esfuman, posiblemente por lustros. Además de que la gobernabilidad del país entraría en un peligroso callejón sin salida.

—Es cierto que el riesgo de una crisis económica e institucional es muy grande si pierde LLA y yo ya viví demasiadas crisis parecidas. Pero tendrás que reconocer que Milei se equivocó bastante en gestión del gobierno, sobre todo por omisión o demora en hacer cosas que podía haber hecho con ministros más eficientes. Y aún más se equivocó en su estrategia política. Pensar que se podía construir una fuerza nacional en un año y, lo que es peor, pretender imponerla a capa y espada en CABA y en todas las provincias era una utopía que se le volvió en contra y le hizo perder a Milei todos sus aliados en el Congreso.

—Acepto todos los errores de Milei. Acepto que existen candidatos que deberían renunciar, acepto que las licitaciones de obra pública o las auditorías sobre discapacidades truchas se demoraron innecesariamente y también acepto que el armado político fue pobre y un boomerang en contra de la gobernabilidad. Pero no acepto que esos errores justifiquen permitir que Fuerza Patria gane las elecciones. Como dice Fantino, les pido a tus amigos que imaginen a Cristina bailando en el balcón el 26 de octubre por el triunfo del kirchnerismo. ¿Eso es lo que quieren? Tus amigos son unos soñadores que nunca pudieron encaminar al país en la senda de la libertad y el progreso. Y ahora piden que los jóvenes los acompañemos en su aventura romántica de votar candidatos que no tienen chances de entrar al Congreso.

—Te criticarían por pedir el voto útil.

—¡De que voto útil me hablan! Ahora resulta que los mayores, que aquí y en todas partes han usado a los jóvenes para imponer sus proyectos políticos, se oponen al voto útil. Por algo nos va como nos va. Yo les pido que piensen estas elecciones como si fueran el ballotage de 2023. Lo que está en juego no son unas bancas más o menos sino un proyecto que busca transformar a la Argentina en un país normal y con futuro. Pese a todos sus errores, es la única opción realista. Y por eso la apoyo.

El diálogo se fue derivando hacia menesteres menos intrincados. Más tarde, mientras preparaba un artículo para homenajear a Ortega y Gasset a 70 años de su muerte, recordé el diálogo con mi hijo y, de improviso, un rayo de evidencia me invadió. En la ajetreada Argentina de estos días los jóvenes son los realistas y nosotros, los adultos, los idealistas. El mundo al revés.

Me sentí impulsado a acudir a las fuentes del realismo político, es decir, a Maquiavelo, y a leerle a mi hijo un párrafo bien conocido de El príncipe: “Porque hay tal distancia entre cómo se vive y cómo se debería vivir que aquel que abandona lo que se hace por lo que se debería hacer más presto aprende cómo llega su ruina que su conservación: porque un hombre que en todas partes quiera hacer profesión de bondad sólo obtendrá su ruina entre quienes no son buenos”. Mi hijo se mantuvo callado y luego simplemente dijo:

—Tengo pocas referencias sobre Maquiavelo, pero tiene razón.

Como estaba escribiendo sobre Ortega, le recordé un párrafo de su insuperable Mirabeau o el político: “La madurez comienza cuando descubrimos que el mundo es sólido, que el margen de holgura concedido a la intervención de nuestro deseo es muy escaso y que más allá de él se levanta una materia resistente, de constitución rígida e inexorable”. Mi hijo levantó las manos:

—Es así, papá. Estamos rodeados de políticos malignos y tus amigos quieren luchar con buenas maneras y frases lindas. No va a andar.

Bienvenido el realismo político de los jóvenes que nos proteja de la idealización de ideales de mi generación.

Al otro día, Espert comunicó que renunciaba a su candidatura. Quedaba liberado el camino, al menos en parte, para recordarle al electorado sobre quiénes integran Fuerza Patria. Mi hijo me mandó un mensaje: «¿Será suficiente para que tus amigos recapaciten?»