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Hacia una acción colectiva exitosa

La Prensa La dificultad está cuando los ciudadanos no confían en sus gobernantes: el problema es que tampoco confían entre sí y las relaciones sociales se producen en un clima de falta de solidaridad. Dice Francis Fukuyama: “en todas las sociedades que alcanzan el éxito sus comunidades están unidas por la confianza”. Nuestra decadencia tiene su raíz más profunda en el bajo nivel de confianza que los argentinos manifiestan en su acción colectiva

Inmersos en los remolinos de la historia, todavía no percibimos con claridad que las próximas elecciones presidenciales abren la posibilidad de encontrar un camino firme para dejar atrás nuestro descenso como proyecto de vida colectiva, que nos condenó a un purgatorio de crisis inenarrables. Pero para lograrlo, no podemos, no debemos, seguir añorando un pasado de progreso cada vez más lejano. Ni rasgarnos las vestiduras al reconocer, con toda crudeza, que la llegada de la democracia fracasó en cumplir el sueño del desarrollo y la equidad, basados en valores de esfuerzo, mérito y solidaridad. Lo hecho, hecho está. Y por eso, aunque no se trata principalmente de comprender las causas de nuestra decadencia, como tantas veces se ha intentado con poco éxito, para saber que podemos esperar del futuro es necesario dilucidar que estructura social subyace a las múltiples explicaciones históricas sobre nuestra decadencia. Nuestras crisis recurrentes son la manifestación emergente de un rasgo que está por debajo de todas esas causas aparentes, sean de orden político o económico, se deban a las turbias relaciones entre el Estado y el sector privado o nacidas del contexto internacional.

En este sentido, una causa verdaderamente estructural es la incapacidad para la acción colectiva que caracteriza a la sociedad argentina. Mancur Olson ha explicado con acierto por qué ciertos pueblos son a menudo incapaces de actuar en beneficio de sus propios intereses colectivos. En los grupos pequeños, las personas están dispuestas a aportar para un bien colectivo porque perciben en forma directa la compensación que reciben. Por tanto, Olson sostiene que los grupos pequeños suelen tener éxito en la acción colectiva voluntaria. A medida que el tamaño de los grupos sociales aumenta, se pierde progresivamente la percepción de los beneficios recibidos y, en consecuencia, la acción colectiva voluntaria no alcanza para tomar decisiones que beneficien al conjunto de la sociedad. Según esta lógica de la acción colectiva, ningún individuo estará incentivado de por sí a invertir en proteger un bien público como el medio ambiente. Pese a ello, en determinadas circunstancias históricas se produce la emergencia autónoma de la democracia como sistema de gobierno que logra conciliar los intereses particularistas de los grupos de presión con el bien común de la sociedad. La lógica de la acción colectiva bajo sistemas democráticos es una lógica del poder compartido entre los distintos sectores de la sociedad.

La dificultad surge en sociedades con nuestra tipología cuando los ciudadanos no confían en sus gobernantes, aunque afirmo que esta desconfianza está precedida por un problema previo: tampoco confían entre sí, de modo que las relaciones sociales se desarrollan en un clima de falta de solidaridad. Con palabras de Francis Fukuyama: “en todas las sociedades que alcanzan el éxito sus comunidades están unidas por la confianza”. Si esta tesis es cierta, nuestra decadencia como nación tiene su raíz más profunda en el bajo nivel de confianza que los argentinos manifiestan en su acción colectiva, de la cual la clase política es apenas el emergente más visible. Por eso, en la circunstancia actual no basta con echarle la culpa a la clase política y, aún menos, rechazarla en pleno con el latiguillo demagógico de la casta. La crítica a la casta resulta tan estéril para construir una mejor sociedad como los cacerolazos y los discursos incendiarios. No se puede conducir un país sin política pese a que, como decía Ortega, también se desarrolle en la oscuridad de los sótanos.

¿Cómo se puede entonces reemplazar la falta de confianza connatural a la sociedad argentina? ¿Cómo superar el escepticismo de los argentinos luego de tantas promesas incumplidas, luego de tantos fracasos? Debo repetir que no se lo hará con una crítica simplista a la clase política, en especial porque también se podría extender esa crítica a empresarios, sindicalistas, militares, la Iglesia, e incluso a periodistas e intelectuales, entre otros. ¿Quién se siente en la Argentina en condiciones de arrojar la primera piedra?

Existen quienes creen que el problema radica en superar la actual grieta, olvidando que las antinomias han sido una constante en la historia argentina desde la Revolución de Mayo y aún antes. Y que dichas antinomias solo se superaron con ideas claras y un enérgico liderazgo político. Quienes no toman en cuenta las enseñanzas de nuestro pasado sostienen, como solución mágica, un discurso políticamente correcto, y en buena medida ingenuo, al proponer que los sectores políticos, y los empresarios, intelectuales, científicos, trabajadores, religiosos, y las fuerzas vivas de la sociedad olviden sus intereses exclusivos y hagan su aporte para lograr una acción colectiva exitosa e inclusiva. Lamentablemente ese trabajo en común no se ha verificado en cuarenta años de democracia y no pareciera que sea una realidad en el futuro, cualquiera sea el gobierno electo.

Es cierto que una acción colectiva exitosa requiere del compromiso activo de los argentinos que creen en las instituciones de nuestra Constitución y en los valores del trabajo y la honestidad. Pero tan cierto como ese requisito es que se verifique una condición esencial: para que la esperanza renazca en la sociedad los ciudadanos deberán ser liderados por quien inspire confianza y, de esa manera, logre el apoyo mayoritario para superar los duros obstáculos de que está empedrado el camino del progreso. La única fórmula del éxito para el próximo período presidencial es la conjunción de un arrollador triunfo electoral y liderazgo político. Es decir, la sociedad y su líder en sintonía.

Desplazar a minorías intensas y autoritarias, con las cuales resulta imposible dialogar, transformar el Estado prebendario en un moderno instrumento de acción colectiva eficaz y solidario y lograr las reformas que el país necesita, requerirá un fuerte liderazgo presidencial, cuya primera tarea será precisamente ser confiable para todos los argentinos. Tal liderazgo deberá convencer que en su gestión de gobierno no se dejará arrinconar por aquellos que defienden sus privilegios y se han enquistado como parásitos en el cuerpo social de todos los argentinos. Ganar la confianza de los ciudadanos en un plan de gobierno ambicioso pero posible y convencerlos de que será capaz de realizarlo, es la primera tarea de quien se postule para la presidencia. Los argentinos tenemos escasa propensión a una acción colectiva positiva y ninguna fe en la política. Sin embargo, estamos dispuestos a confiar en quien nos proponga un plan de reformas que haga renacer la esperanza en el futuro y muestre un liderazgo firme para llevarlas a cabo. La receta para combatir a quienes se oponen al cambio es liderazgo y confianza social.

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