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Faltan ideas en la Argentina

La Prensa El cuerpo social argentino necesita con urgencia reconocerse en quienes encarnen la tradición de nuestro gran pensamiento político. Sin la presencia viva de pensadores con prestigio social, ni siquiera la aparición providencial de un claro liderazgo político garantiza nuestro futuro. La acción política desprovista de ideas es efímera y fuente de decadencia

¡Argentinos, a las cosas! es el famoso imperativo político con el que Ortega inmortalizó la falta de acción de los argentinos. Todavía hoy, son legión los que piensan que en esa exhortación radica una clave esencial para superar nuestra incapacidad para progresar.Incluso quienes provienen de ámbitos intelectuales también estiman que nuestro principal problema es el exceso de diagnósticos y la ausencia de voluntad para que las cosas se hagan. Visto en perspectiva, sin embargo, aquél imperativo es insuficiente para asegurar el desarrollo sostenido de nuestra nación, y ha inducido demasiado a menudo a una categoría de pragmatismo por completo alejado del que inspiraba la razón vital orteguiana: un pragmatismo privado de teoría.

Los mismos diagnósticos sobre crisis siempre recurrentes constituyen la prueba irrefutable del círculo vicioso en que nos hemos movido debido a la ausencia de ideas. No se trata de poca o mucha acción política y social sino de la carencia de un pensamiento rector.

En el siglo XXI, la palabra ideología no tiene buena prensa. Más todo aquél que estudie el pasado comprobará que los grandes movimientos sociales de progreso siempre han venido precedidos de una fecunda elaboración intelectual. La Argentina no es una excepción a esta regla de oro: sin la ideología de la generación del 80, apoyada en pensadores y obras sobresalientes, no existiría la Argentina moderna.

La deserción del pensamiento argentino

Felix Luna, pone en boca de Roca una aguda descripción de la figura de Alem: “Era absolutamente sincero, absolutamente insobornable y estaba absolutamente equivocado; es decir, era absolutamente peligroso”.Este nítido retrato del fundador del radicalismo es un buen ejemplo de los riesgos que corren las naciones cuando sus líderes políticos extravían el rumbo. De acuerdo con la cronología histórica, Alem debió pertenecer a la Generación del 80; por su escasa visión de estadista quedó al margen de ella.

Los políticos de la generación del 80 tuvieron la lucidez necesaria para comprender las ideas de progreso que le ofrecían los notables pensadores de su época, pero el dato cierto es que esos pensadores existían.

Contra lo que se repite como una amarga letanía, el drama nacional argentino de la segunda mitad del siglo XX no ha sido principalmente la incapacidad y la falta de honestidad de la clase política (y de la clase dirigente en general) sino la carencia de pensadores de la talla intelectual y espiritual de Belgrano, Moreno, Echeverría; Alberdi, Sarmiento, Mitre; Joaquín V. Gonzalez, Alejandro Korn, José Ingenieros, Leopoldo Lugones, para no avanzar más en la primera mitad del siglo XX.

De la honestidad de Alem poco se ha contagiado al político argentino promedio, excepto su propensión a equivocarse y, por ende, su peligrosidad para la salud de la nación. Pero aún resulta de mayor preocupación que el pensamiento argentino haya desertado en las horas de apremio de nuestra patria.

Disponer de ideas claras

Decía Camus que el único problema filosófico importante es el suicidio.Esta sentencia, que él vinculaba con la condición absurda de la vida personal, tiene una expresión equivalente en la vida de las naciones: el verdadero problema de la alta política es disponer de ideas claras y distintas para lograr el bienestar de los ciudadanos.

A los argentinos nos tranquiliza creer que las naciones no se suicidan (a pesar de que podríamos citar numeroso ejemplos históricos en contrario), pero estamos inmovilizados e inertes por escasez de ideas.

El cuerpo social argentino necesita con urgencia reconocerse en quienes encarnen la tradición de nuestro gran pensamiento político. Sin la presencia viva de pensadores con prestigio social, ni siquiera la aparición providencial de un claro liderazgo político garantiza nuestro futuro.La acción política desprovista de ideas es efímera y fuente de decadencia. Las ideas acertadas sobreviven a la acción porque las ideas no se matan, pero para que corran el riesgo de censura primero tienen que existir.

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