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En la Argentina es posible

La Nación Para ingresar a la sociedad global y de la información del siglo XXI, los argentinos estamos obligados a encauzar nuestro potencial de vitalidad y talento con un programa de modernización de todos los ámbitos de la vida nacional. Este programa debe constituir el pacto refundacional de la democracia argentina y la auténtica vía al progreso con mayúsculas y no reducido a su caricatura de progresismo populista

La confusión de ideas que impera en la Argentina es la fuente de nuestro retroceso como nación. De mala o de buena fe, se cuestionan conceptos básicos que en las naciones desarrolladas no se discuten más. Esta propensión a persistir en el error nos ha llevado a sufrir graves crisis recurrentes. Pero, afortunadamente, los argentinos contamos con un activo valiosísimo que nos mantiene a flote: nuestra inextinguible vitalidad.

La vitalidad social y cultural de los argentinos debe ser revalorizada. Hay numerosos ejemplos en la historia de pueblos cuya alta vitalidad los enfrentó en durísimas luchas civiles, que concluían cuando tomaban conciencia que así esterilizaban sus mejores posibilidades; sólo entonces acordaban darse un marco institucional adecuado para encauzar sus potencialidades. Del mismo modo, la vitalidad extraordinaria de los argentinos ha estado a la espalda de nuestros profundos conflictos políticos. Cada actor social siempre ha tenido la vitalidad suficiente para sobreponerse a los períodos de predominio de sus rivales pero ninguno de ellos, en definitiva, pudo nunca imponer sus ideas y valores. La misma vitalidad social explica nuestros logros culturales, la calidad de nuestros científicos o que los argentinos superemos una y otra vez crisis de una envergadura que en otras latitudes terminarían con la esperanza. No comprender esta condición del alma argentina y apostar por la confrontación permanente es lo que está llevando al presidente Kirchner a un camino de desgaste político sin retorno.

Para ingresar a la sociedad global y de la información del siglo XXI, los argentinos estamos obligados a encauzar nuestro potencial de vitalidad y talento con un programa de modernización de todos los ámbitos de la vida nacional. Este programa debe constituir el pacto refundacional de la democracia argentina y la auténtica vía al progreso con mayúsculas y no reducido a su caricatura de progresismo populista. Aceptando que la elaboración de este programa requiere el concurso de los mejores hombres y mujeres de la patria, su premisa central es simple: la modernización es posible. Simples son también sus principios rectores: la gestión del Estado sin corrupción es posible; el crecimiento sin endeudamiento ni inflación es posible; la solidaridad social sin clientelismo es posible; la justicia independiente sin revanchismos es posible; el control del sector privado sin espantar inversiones es posible; la inserción en el mundo sin relaciones carnales es posible; la educación para la igualdad de oportunidades es posible; la compatibilidad del agro y la industria es posible; la reforma política sin "que se vayan todos" es posible; la seguridad de las personas en el marco de la ley es posible.

Este decálogo se resume en una visión optimista: la Argentina con un futuro mejor, la Argentina siglo XXI es posible.

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