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Elecciones: Occidente o neopopulismo

La Prensa El rechazo a la integración en el mundo, el repudio simplista de la deuda externa, la pretensión irreal de crecer sin un sistema financiero sólido, la negación de las leyes de la competencia y de los incentivos de mercado, la interpretación de los contratos según criterios políticos, la promesa de distribución de riqueza que todavía no existe, son algunos de los sofismas que constituyen el neopopulismo

“La victoria de Monte Caseros por sí sola no coloca a la República Argentina en posesión de cuanto necesita”. Con esta frase de sobria lucidez inicia Alberdi sus “Bases”. Vista esta obra en perspectiva, de la cual festejamos sus ciento cincuenta años de vigencia, la claridad de objetivos y los medios propuestos para alcanzarlos resultan admirables. No ha sucedido lo mismo en las décadas recientes.

El progreso nos ha sido esquivo por la confusión reinante en nuestras ideas. Nos hicieron creer que la restauración democrática bastaba, y no fue cierto. Nos hicieron creer que la revolución menemista y la convertibilidad bastaban, y no fue cierto. Ultimamente, nos hicieron creer que proclamar la lucha contra la corrupción bastaba, y no sabemos si es cierto porque no se hizo.

Todos coincidimos en la importancia de vivir en democracia, eliminar la inflación y combatir la corrupción; sin embargo, a los argentinos nos aguardaba una catástrofe aún peor: durante el año 2002 los políticos provocaron la crisis más grave de nuestra historia y nuevas generaciones de argentinos parecen condenadas a vivir en condiciones inaceptables para un país con las posibilidades de Argentina.

El eslogan populista

Como bien sabía Alberdi, las próximas elecciones no serán una solución si no vienen acompañadas por un conjunto de verdades que en Occidente han sido probadamente exitosas.

En nuestra vida personal, la mentira tarde o temprano es descubierta y produce consecuencias dolorosas. En la vida política, los falsos eslóganes pueden perdurar durante décadas y nunca ser reconocidos como los verdaderos responsables de fracasos colectivos. El principal eslogan que ha infectado el cuerpo social argentino desde hace 50 años es la mera declamación de la búsqueda de justicia social.

Las verdades de Occidente

Los políticos argentinos han sido los campeones morales de la justicia social, pero en la práctica nos llevaron a perder todos los partidos en los que estuvo en juego el bienestar efectivo de los ciudadanos. La verdadera injusticia social es mantener a millones de argentinos por debajo de la línea de pobreza cuando perfectamente se pudo haber evitado.

La verdadera injusticia social se define por el potencial de riqueza perdido en ausencia de una sana economía política. La verdadera injusticia social es la riqueza que no se produce por culpa de la fraseología demagógica. Desde hace demasiados años, el discurso político se ampara bajo el sofisma de la justicia social justamente para no realizar las reformas estructurales que la nación requiere con urgencia.

Este proceso de decadencia, único en Occidente, se ha acentuado en los últimos meses y es básicamente un pecado de lesa negligencia ideológica de la dirigencia argentina.

Si estuviéramos solos en el planeta, podríamos atribuir nuestro fracaso a la dificultad de descubrir las verdades que hacen posible la prosperidad por nuestros propios medios. Pero no es así. Las verdades que necesitamos están presentes en Occidente y se han extendido hasta constituir la base del progreso de naciones de todas las razas y latitudes.

Occidente es oposición a toda forma de absolutismo, dictadura o totalitarismo. Occidente es sinónimo de respeto a la Ley y a la propiedad, de libertad e igualdad política, de división de poderes y de justicia independiente, de defensa irrestricta de los derechos del hombre, de neutralidad moral y religiosa, de investigación científica, de diversidad cultural y artística. ¿Quiénes de nosotros no coincidiríamos con estas verdades, fielmente reflejadas en el Preámbulo de nuestra Constitución. Pero Occidente también es sinónimo de Revolución Industrial y de la Información, de capitalismo basado en la competencia y la innovación, del desarrollo del mercado de capitales y de sistemas financieros que canalizan el ahorro hacia fuentes de producción y empleo, de inversiones que buscan el lucro y la rentabilidad para asegurar flujos futuros, de economías no basadas en la emisión inflacionaria, del equilibrio del presupuesto que permite la acción supletoria del Estado de la iniciativa privada, de la extensión de los mercados y del comercio entre los pueblos. La suma de estas verdades se traduce en la premisa básica de una sana economía política: fomentar la confianza de los inversores y de los consumidores. La confianza es la llave maestra que sustenta la armonía política y el crecimiento económico de las sociedades modernas.

Una elección crucial

Sobre el horizonte argentino se ciernen las siete plagas de nuevos slogans electorales. El rechazo a la integración en el mundo, el repudio simplista de la deuda externa, la pretensión irreal de crecer sin un sistema financiero sólido, la negación de las leyes de la competencia y de los incentivos de mercado, la interpretación de los contratos según criterios políticos, la promesa de distribución de riqueza que todavía no existe, la utopía de creer que la denuncia de la corrupción basta por sí misma para encaminarnos en la senda del progreso, la crítica a los centros de poder internacionales, que son los únicos que nos pueden proporcionar recursos para salir de la crisis, son algunos de los sofismas que constituyen el neopopulismo, una versión remozada de la fraseología demagógica e irresponsable que nos llevó a la crisis actual.

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