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El cumplimiento estricto de la ley

La Prensa De nada vale que se hagan rondas y más rondas de diálogo político, en la suposición que de la discusión entre fuerzas políticas precarias e inestables pueden nacer consensos explícitos a largo plazo si faltan ideas-fuerza claras sobre el futuro del país. Mientras esperamos la llegada de una nueva Generación del 37 tenemos a mano un recurso seguro para convocar a un gran consenso nacional: el cumplimiento estricto de la ley

Trás su reciente derrota electoral, el kirchnerismo ha convocado contra natura al diálogo con la oposición y los sectores sociales. Pronto la sociedad argentina comprobó que esa convocatoria no era sincera sino mera táctica oportunista para ganar tiempo y abroquelarse en los mismos errores que condujeron a aquella derrota.

En este artículo, no entramos en esa cuestión sino que trataremos de presentar las relaciones entre el diálogo político y un genuino consenso social. Y para ello partimos de una afirmación básica: la historia argentina nos enseña que consensos de alcance nacional son logrados cuando la sociedad hace suyo un programa de vida futura pensado inicialmente por una minoría de pensadores y líderes políticos.

En el siglo XIX, la Generación del 37 tuvo a su cargo la tarea de forjar el proyecto político que daría origen a la Argentina moderna; ese proyecto construído a partir de una lúcida visión de las posibilidades del país en un escenario mundial de globalización de las inversiones, la inmigración y el comercio se hizo carne en la sociedad argentina durante varias generaciones y alcanzó un grado de consenso que compensaba incluso la ausencia de un sistema pleno de representación democrática. A pesar de que el régimen político de la época apelaba al fraude para mantenerse en el poder, en la sociedad argentina reinaba un consenso tácito sobre valores fundamentales vinculados con el progreso del país.

Dos ideas-fuerza convocaron a los argentinos de ese tiempo y motorizaron las energías contenidas de la joven nación: gobernar es poblar y educar al soberano.

Las duras antinomias

Ingresados en el siglo XX, se suponía que aquel consenso tácito se debía revalidar en un consenso explícito que emergiera del voto popular y del funcionamiento irrestricto de las instituciones democráticas. El reiterado fracaso en consolidar la democracia y las duras antinomias políticas planteadas desde 1916 fue entonces interpretado como la causa principal del retroceso de nuestro país, que se prolonga hasta nuestros días. Y es que se creía, por una incorrecta interpretación de las fuerzas que mueven a las sociedades, que los consensos no se lograban por la discordia generada por la alternacia de períodos democráticos y períodos de facto.

En nuestra opinión, sin embargo, la ausencia de grandes consensos nacionales no ha radicado en las numerosas falencias de nuestro sistema político sino en la incapacidad de contar con un programa de ideas-fuerza que convocara por igual a todos los argentinos.

No hemos creído en nada parecido a los grandes lemas de Alberdi y Sarmiento, porque los dos lemas más importantes del siglo XX, el ideal democrático defendido por el radicalismo y la defensa de la justicia social esgrimido por el peronismo, no alcanzaron un extenso consenso en la sociedad argentina debido a que fueron utilizados como herramientas partidistas de supremacía política y, más grave aún, intentaron ser impuestos a expensas de sacrificar algunos de los valores que habían determninado la prosperidad nacional hasta 1916.

De este modo, para oponerse a los desvíos y excesos en que terminaron incurriendo el yrigoyenismo y el peronismo, las fuerzas de oposición cayeron en el error de abandonar la defensa de la democracia y de la igualdad social, imposibilitando de este modo el surgimiento de consensos tácitos en condiciones de ser abrazados por toda la sociedad.

La tragedia argentina

La tragedia argentina del siglo XX ha sido el monopolio por parte de grupos sociales o políticos de valores que debieron ser comunes a todos los argentinos. El manoseo y la utilización parcialista de ideas-fuerza que todos los argentinos debieron defender como propias hicieron naufragar los consensos que la nación necesitaba para construir su futuro. No supimos ubicar la lucha política del siglo por sobre el umbral común de ideales compartidos. Este fracaso demuestra que los consensos necesarios no son principalmente consensos explícitos, del tipo que se expresan en plataformas electorales o son consecuencia del diálogo político, sino consensos tácitos, que maduran en el seno arcano de la sociedad y son fruto de las experiencias vividas, pero son traídos a la luz por los grandes pensadores que de tanto en tanto iluminan la vida de una nación.

De nada vale que se hagan rondas y más rondas de diálogo político, en la suposición que de la discusión entre fuerzas políticas precarias e inestables como las que hoy predominan en la Argentina pueden nacer consensos explícitos a largo plazo, si faltan ideas-fuerza claras que expresen la conciencia profunda de los argentinos sobre el futuro del país.

Este programa de vida futura no está todavía escrito: no existe un consenso tácito equivalente al que forjara el asombroso progreso argentino en el siglo XIX.

Gran consenso nacional

Mientras esperamos la llegada de una nueva Generación del 37 tenemos a mano un recurso seguro para convocar a un gran consenso nacional: el cumplimiento estricto de la ley. Pese a las antinomias y confrontación en que parecemos vivir los argentinos, por debajo de los espamódicos movimientos de los políticos circula el aire fresco de un renovado consenso tácito. Primero, la ley.

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