Typewriter workspace
Volver

El credo político argentino

La Prensa Si los conservadores no hubieran derrocado a Irigoyen Si los coroneles populistas no hubieran derrocado a Castillo Si la clase media no hubiera derrocado a Perón Si los antiperonistas no hubieran derrocado a Frondizi Si los radicales no hubiesen sido cómplices de proscribir al peronismo Si los militares no hubieran derrocado a Illia Si el peronismo del 73 hubiera respetado la ley Si los militares no hubieran derrocado a Isabelita Si...

La ausencia de ideas claras condiciona las decisiones que toman las personas. Lo mismo sucede con las sociedades. Si el lector repara en las especulaciones que ha escuchado en los últimos años, seguramente no encontrará políticos o intelectuales que hayan dado una interpretación valedera de lo que nos pasa. Como contrapartida, habrá escuchado cientos de explicaciones económicas, más esta superpoblación de teorías basadas en la razón económica es insuficiente para comprender nuestros reiterados fracasos como sociedad. Si fuera de otra forma, si alcanzara con discutir doctrinas de economía, la Argentina sería una potencia y nuestros economistas habrían ganado varios premios Nobel.

La debilidad de la sociedad civil

¿Por qué no reaccionan los argentinos ante el estado de cosas que los condena al desempleo, la inseguridad, la emigración, y al hambre, la falta de salud, y a la pérdida progresiva del orgullo de ser argentinos? Sin pretender agotar el problema ni ser demasiado original, el problema argentino radica principalmente en la debilidad de la sociedad civil. Aunque parezca una paradoja, en tiempos en que todo el mundo se queja, corta calles, hace cacerolazos, toma edificios públicos y despotrica contra la clase política, nunca ha sido tan débil la sociedad civil. ¿Qué es, cómo se define la debilidad de la sociedad civil argentina? Es la imposibilidad de la sociedad civil de imponer sus consensos tácitos, que sí existen, al gobierno de la cosa pública. La sociedad civil y la política están incomunicadas. Se suele atribuir esta incapacidad para el buen gobierno a las lacras de la clase política. Y es posible que esto sea parcialmente cierto. Sin embargo, cada vez que en el pasado se pretendió desplazar a los políticos, las cosas fueron peor. La historia de los últimos setenta años prueba de modo irrefutable que la solución a la mala política no pasa por anularla.

Los aprendices de políticos

A toda hora escuchamos que existen legiones de argentinos capaces y honestos que bien podrían hacer un aporte positivo para cambiar nuestro triste destino. Se sostiene que estos argentinos no encuentran el cauce adecuado para participar y permanecen al margen por temor al estilo bestial de hacer política, a la venganza de los corruptos, oa quedar involucrados en demandas judiciales. Es decir, los usos y costumbres de la política argentina y de la burocracia estatal espantan a los argentinos de bien. Lamento no coincidir con estas opiniones. Ni ahora, ni en el pasado, ni en nuestro país, ni en otras naciones, los ciudadanos se animan a hacer política, porque la política es una vocación que se tiene o no se tiene. Del mismo modo que la mayoría de los ciudadanos no siente vocación por la filosofía, tampoco los atrae el tipo de vida que implica ser político. En su famosa conferencia “La política como vocación” (1919), Max Weber señalaba: “quien busca la salvación de su alma y la de los demás que no la busque por el camino de la política”. En una suerte de maquiavelismo moderno, Weber explicaba que el verdadero político debe postergar su propia comodidad moral (la ética de la convicción), y pactar con los “poderes diabólicos que acechan en torno de todo poder” para lograr la consecución de fines útiles a la sociedad (la ética de la responsabilidad). De otra forma, el político salvará su alma pero no habrá estado a la altura del mundo como realmente es y “objetiva y verdaderamente, no habrá tenido, en sentido profundo, la vocación política que creía tener”. Todos los renunciamientos políticos basados en la íntima convicción son, a la postre, la mejor confirmación de que quienes así proceden no eran animales políticos en estado puro sino personas instaladas en la arena política con la lógica moral del ciudadano. Entre nosotros, los casos de Chacho Álvarez, de Carlos Reuteman o de Luis Zamora pertenecen a esta especie humana inapropiada para la política. Por la misma razón, un intelectual serio, cualquiera sea su ideología, no puede actuar en política so pena de abandonar los principios de honestidad que rigen la creación intelectual o de hacer mala política. ¿Cómo sanear entonces la política si los actuales políticos no lo hacen desde adentro? ¿Cómo lograrlo si la sociedad civil no siente vocación por comprometerse en las crueles luchas de la política? Haciendo de la democracia un credo permanente e inviolable.

El credo político argentino

Si los conservadores no hubieran derrocado a Irigoyen

Si los coroneles populistas no hubieran derrocado a Castillo

Si la clase media no hubiera derrocado a Perón

Si los antiperonistas no hubieran derrocado a Frondizi

Si los radicales no hubiesen sido cómplices de la proscripción del peronismo

Si los militares no hubieran derrocado a Illia

Si el peronismo del 73 hubiera respetado la ley y la paz social

Si los militares no hubieran derrocado a Isabelita

Si Alfonsín no hubiera abandonado el poder de mala manera

Si Menem no hubiera soñado con su re-elección

Si no hubiéramos echado a De la Rúa

Si todo esto se hubiera evitado, hoy la sociedad civil sería mucho más fuerte y la democracia habría depurado de su seno a la escoria política que nos esquilma. Por eso, la consigna siempre será: a mala política, más política; a quienes critican la democracia, más democracia. La sociedad civil en las naciones desarrolladas ha progresado justo porque ha sabido preservar las instituciones democráticas y respetado la ley sin vacilaciones y sin ceder a tentaciones antidemocráticas. Es probable que en las próximas elecciones todavía no contemos con políticos a la altura de nuestras exigencias. Pero igual deberemos votar. Votar y votar es nuestro credo político. Creemos en el voto por sobre todas las cosas. Sólo por la vía democrática, los consensos sobre el buen gobierno que existen en la sociedad argentina encontrarán finalmente su expresión política.

Todos los artículos

Compartí este artículo