El aprendizaje de los argentinos
Una opinión recurrente y fatalista pesa sobre los argentinos: disponiendo de las mejores posibilidades para el desarrollo y habiendo alcanzado en las primeras décadas del siglo XX un elevado estándar de vida, nos hemos dedicado a dilapidar esas posibilidades hasta constituir un caso único en el mundo.
Esta falsa tesis de la “originalidad negativa” del ADN de los argentinos, alentada por un pensamiento de escasísimo vuelo y rigor, predice nuestra decadencia permanente e irremediable. Opuesto por entero a esta tesis, creo todo lo contrario: los principios que han hecho próspero y libre a Occidente están incorporados en nuestros genes y estamos listos para comenzar a vivir bajo su imperio. La confusión que aqueja a la visión pesimista parte de no reconocer que el progreso hacia nuestras mejores posibilidades, hacia nosotros mismos, no era sencillo ni lineal.
Estaba amenazado por la riqueza de posibilidades; sabido es que a mayor número de caminos disponibles, más grande es la chance de equivocar el superior. Pero también es cierta la contrapartida: a mayores posibilidades, mayores y excelsas oportunidades de progreso material y espiritual. Los chilenos, que hoy se ponen de ejemplo, están muy cerca de hacer lo máximo que les permiten sus condiciones; los argentinos apenas estamos comenzando a aprovechar nuestras capacidades constitutivas.
Las enseñanzas de la historia
El desarrollo de los pueblos está íntimamente relacionado con sus experiencias históricas, con su número, calidad y profundidad. Transformar un imperio militarista como el Japón en una nación democrática demandó una guerra brutal. Los japoneses eran tan o más fundamentalistas que ciertos grupos extremistas musulmanes; y sin embargo, aprendieron. Los españoles fueron durante centurias la oveja descarriada de Europa y sufrieron en el siglo XX una espantosa guerra civil y una larga dictadura; y sin embargo, aprendieron. ¿Cómo se compara la situación contemporánea de los argentinos?
Creo que de un modo muy favorable porque también nosotros vivimos una larga y penosa saga de conflictos y retrocesos que postergaron la consolidación de nuestro florecimiento como pueblo. No siempre hacen falta Hiroshima o la batalla del Ebro para padecer en carne propia los males de la historia. Y para aprender de ellos. Por eso, la tesis de este artículo es simple y alentadora: por haber sufrido lo que sufrimos, por recordar lo que fuimos y lo que retrocedimos, los argentinos hemos aprendido. Hemos recorrido nuestra odisea y estamos prestos para retornar al hogar de nuestras mejores realizaciones. Lo que a los europeos les tomó siglos, a nosotros nos llevó unas pocas décadas. Nuestra mayor riqueza no radica en nuestros recursos, sino en nuestro aprendizaje.
Por debajo de una crisis que se nos hace eterna, por debajo de la fraseología de baja estofa política que domina el escenario, por debajo de los problemas y de la desesperanza que agobian a millones de compatriotas, el aprendizaje de los argentinos está completo.
Hemos vivido un raudal de situaciones límite, que componen una sinfonía de decadencia de setenta años; y aún más: en la época del Estado de Bienestar que todo lo prevé, nos hemos forjado en la durísima experiencia de vivir en un estado permanente de incertidumbre. No es excesivo, entonces, concluir que hoy estamos mucho mejor preparados, que somos más fuertes, para soportar las presiones del siglo XXI y de la globalización. Sabemos de vivir a la intemperie como pocos.
Una profecía para el siglo XXI
La Argentina vive un período de transición, en buena parte por el estilo político ranciamente peronista que impulsa el presidente Kirchner. Pero por debajo del monopolio político que todavía ejercen los herederos de un populismo obsoleto, corren aguas más cristalinas y reposadas; son las corrientes de nueva vida colectiva que los argentinos nos hemos ganado con cada uno de nuestros moretones históricos.
En principios democráticos, en resguardo de los derechos civiles, en respeto a las instituciones, en normas de convivencia, en preceptos económicos, en solidaridad, en ética, en tolerancia, hemos aprendido. Y porque aprendimos me atrevo a una profecía: tras la transición de Kirchner llegarán los dulces tiempos de una nación argentina estable, seria y próspera. Debido a la extensión y profundidad de las crisis sufridas, hemos aquilatado una experiencia histórica decisiva para esperar nuestro futuro con alegría y esperanza.
Aunque no nos demos cuenta, aunque escuchemos quejas permanentes, aunque los escépticos sean mayoría en los medios de comunicación, los argentinos hemos aprendido de nuestros errores y no los volveremos a repetir.