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Del corporativismo democrático a la República

No Publicados Necesitamos gobernantes principistas. No nos sirven gobernantes inescrupulosos ni principistas desde el llano. Justo por esto, no se trata de averiguar quienes son los políticos que interpretan mejor a Maquiavelo sino de iniciar un período de la vida política argentina en que por una vez la ética y la política puedan cuando menos convivir. A fin de cuentas, los triunfos de César Borgia fueron efímeros

Una verdad incuestionable comienza a abrirse paso en la opinión pública: el problema argentino no es un problema económico ni un problema moral sino un problema político. Pero al no existir el mismo consenso sobre la naturaleza del problema político, aún las propuestas mejor intencionadas son fácil presa del sistema sociopolítico imperante, con la consecuencia nefasta de que el problema se mantiene inamovible desde 1930.

Y es que el problema político se resume en la incapacidad de los argentinos para cumplir el artículo 1 de la Constitución Nacional: “La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma representativa republicana federal”. En vez de seguir estos tres sanos principios de gobierno, vivimos en un régimen de corporativismo democrático. La peste malsana de la corrupción no es más que una consecuencia de la ausencia de una verdadero sistema de gobierno republicano. La perdida de confianza de los consumidores y de los inversores, piedra angular del crecimiento económico, también es un resultado de la crisis política. A esta altura del capitalismo moderno, debería saberse que lo esencial es invisible a los economistas.

El corporativismo democrático

El corporativismo democrático que impera en la Argentina es un mero método electoralista, que aplica el criterio de la mayoría con el fin de legitimizar el poder de los representantes del pueblo, para que éstos, en el acto mismo de asumir sus cargos, se conviertan en representantes de grupos corporativos, empezando por la propia corporación política. Es decir, se utilizan las formalidades de la democracia para instituir el poder de los grupos corporativos a expensas de los intereses de la ciudadanía. Esta es la práctica política habitual que ahora ha hecho crisis. El corporativismo democrático viola el principio de representatividad porque los representantes no actúan como tales, impide la forma republicana de gobierno porque por su propia naturaleza particularista se ve obligado a corromper a los poderes legislativo y judicial y elimina las bases federales del estado porque en las jurisdicciones provinciales anida aún en formas más extremas y patológicas.

Cuando el mal endémico del corporativismo democrático se extiende a todos los órganos del cuerpo social como sucede en la Argentina, donde comparten sus métodos la corporaciones políticas, sindicales, empresariales, docentes, judiciales, periodísticas, científicas, de profesiones liberales, del sector público, y en menor medida, paradójicamente, la que fuera una de las más poderosas, la militar, no se sale de él en poco tiempo ni a través de gestos quijotescos aislados. Requiere de una amplia conjunción de fuerzas sociales y de un excepcional liderazgo político. Aunque nunca es recomendable depender de la visión de una sola persona, la enorme ventaja de los sistemas presidencialistas en tiempos de crisis consiste precisamente en la concentración del poder político. El poder ejecutivo lo constituye el Presidente y nadie más, y aquí radica la posibilidad y la esperanza de iniciar un proceso de transformación política de cara a instaurar la forma representativa, republicana y federal de un modo plenario.

Etica y política

Las relaciones entre ética y política constituyen uno de los dilemas más antiguos de la literatura política. Se tiende a creer que son incompatibles y a subestimar a los políticos que no piensan a toda hora en cómo obtener y mantener el poder. Sin embargo, en la Argentina actual esta premisa no es válida: el verdadero liderazgo político no pasa por abandonar responsabilidades, por muy elevados que sean los sacrificios a aceptar, ni en realizar cálculos de minúscula especulación electoral, sino en afrontar la tormenta con mano firme y rumbo definido. Necesitamos gobernantes principistas. No nos sirven gobernantes inescrupulosos ni principistas desde el llano. Justo por esto, no se trata de averiguar quienes son los políticos que interpretan mejor a Maquiavelo sino de iniciar un período de la vida política argentina en que por una vez la ética y la política puedan cuando menos convivir. A fin de cuentas, los triunfos de César Borgia fueron efímeros.

Fundar la República

El sistema republicano de gobierno se basa en la división de tres poderes independientes: ejecutivo, legislativo y judicial. Argentina necesitó 70 años (de 1810 a 1880) para establecer un sistema político estable y consensuado, que abrió el mayor período de progreso de su historia, en el que los principios republicanos sólo se aplicaban en sus aspectos formales. De 1930 hasta la fecha, otros 70 años han sido necesarios para preparar el escenario para una nueva y profunda transformación estructural: fundar una verdadera República.

En la Argentina actual, el poder judicial está desprestigiado, el poder legislativo no existe y el poder ejecutivo enfrenta una seria crisis de autoridad, requisito indispensable para acometer una transformación estructural. Si el Presidente de la Rúa acierta a asumir el liderazgo político que la actual circunstancia histórica le reclama, y se pone al frente de un ataque frontal al corporativismo democrático, la ciudadanía argentina, fundamento esencial de su poder, lo acompañará sin titubeos. La República Argentina será entonces algo más tangible que el rótulo oficial del país.

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