Política argentina. Economía
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¡Consumidores argentinos, uníos!

Revista Seúl En nombre de la producción y el empleo, hace décadas nos vienen amarreteando nuestro derecho a comprar. Es hora de dar vuelta esta situación, o al menos de equilibrarla

En las últimas semanas, el cierre de Fate y los concursos de acreedores de empresas como Peabody e Hilados SA, del grupo TN Platex, agudizaron la controversia entre quienes defienden a la industria nacional, con el argumento de la defensa del empleo y la producción, y aquellos que buscan una mayor apertura comercial como medio más eficaz de desarrollo económico. No es en absoluto una discusión nueva: desde al menos un siglo ha estado en el corazón de las diferentes formas de pensar modelos económicos y el rol de la Argentina en el mundo. Pero casi siempre ha tenido un ganador claro: desde hace 80 años la Argentina privilegió la generación de empleo por encima del consumo. La manera de hacer esto fue a través del proteccionismo y el cierre de la economía hasta transformarla en una de las más cerradas del mundo. Debido a esta política de clausura, los consumidores argentinos hemos pagado precios caros por productos de peor calidad y, aún peor, nuestra economía tuvo un desempeño mediocre, muy por debajo que las de otros países comparables.

En estos días parece que la sociedad argentina está cambiando y reconoce que ha vivido presa de un sistema proteccionista que ha retrasado al país y los ha alejado de la posibilidad de comprar y consumir ropa, tecnología y autos de mejor calidad y a mejor precio, por dar tres ejemplos. Esto es un síntoma alentador pero necesita ser consolidado: la historia argentina muestra que cuando abrimos la economía crecimos más y que cuando nos encerramos nos estancamos.

Historia del proteccionismo

Durante la presidencia de Avellaneda, el país enfrentó una severa crisis económica que requirió medidas extremas para permitirle al país honrar su crédito externo. En 1875, con la crisis en su apogeo, se fundó el Club Industrial, antecesor de la UIA, que asumió una posición fuertemente proteccionista. A raíz de los proyectos de suba de aranceles que propuso Avellaneda, se inició un intenso debate entre librecambistas y proteccionistas. Por razones fiscales, Avellaneda logró imponer un arancel alto para los bienes suntuarios (hasta el 40%), pero también gravó la importación de artículos de primera necesidad como tejidos, ropa, calzado, azúcar y quesos (20%), con el evidente propósito de alentar su fabricación local. El resultado fue, sin embargo, “que el sector menos acomodado, aún el indigente, tuvo que cargar con todo el peso del proteccionismo, costeando indirectamente de su peculio el sostenimiento de la industria nacional”, según escribió el historiador James Scobie en Revolución en las pampas. Era la primera vez que los consumidores argentinos soportaban el peso de una crisis.

Sin embargo, superada esta y otras crisis, la Argentina abierta e integrada al mundo, impulsada por su riqueza agrícola se impuso hasta 1930. Pese a los temores de los conservadores, Hipólito Yrigoyen mantuvo sin cambios el modelo agroexportador y esta tendencia se acentuaría incluso en la presidencia de Marcelo T. de Alvear. En su libro La Argentina, el historiador canadiense H.S. Ferns cree que ello se debió a una razón concreta: “La adopción del patrón oro y el cese de la inflación después de 1896 redujeron la vulnerabilidad de los asalariados a las consecuencias de grandes y rápidos aumentos de los precios internos”. Por estas razones, para defender el poder de compra de los salarios, es que los socialistas y demócrata progresistas de la época eran entusiastas defensores de la estabilidad de precios y del comercio libre.

Todo eso empezaría a cambiar en los años ’30. En la conferencia de Ottawa, que tuvo lugar en agosto de 1932, Gran Bretaña y sus dominios imperiales crearon una zona de comercio preferencial en el Commonwealth, cerrando el mercado inglés a las exportaciones de carnes argentinas, que representaban el 90% del total. La decisión era ruinosa para el país. Ante la pérdida del mercado inglés, la Argentina negoció el tratado comercial Roca-Runciman, del que solo me interesa recordar que bajaba los aranceles de importación para más de 200 productos, como compensación para que Gran Bretaña abriera nuevamente su mercado a nuestros productos de exportación agroganaderos.

La reacción no se hizo esperar. La UIA organizó a mediados de 1933 un acto en el Luna Park en defensa de la producción nacional, que tuvo entre sus oradores al intelectual y profesor Alejandro Bunge, un referente del proteccionismo. Mostrando lo arraigado que estaban los conceptos de defensa del consumidor frente al posible encarecimiento de bienes producidos en el país, la CGT de aquella hora criticó duramente la movilización de la UIA. La era de predominio del consumidor, sin embargo, estaba por llegar a su fin.

Desde 1946, la política económica de Perón se basaría en el modelo de sustitución de importaciones, que consistía en reemplazar productos manufacturados extranjeros por producción local, focalizado en la industria liviana. Para lograrlo, adoptó una política intervencionista del Estado que otorgaba discrecionalmente subsidios y créditos blandos a proyectos industriales prioritarios pero cuya productividad era dudosa, limitaba a las importaciones, dificultaba las inversiones extranjeras e imponía un régimen cambiario ruinoso al campo, que pasó a ser el principal sostén del modelo.

El modelo funcionó durante el trienio 1946-1949 gracias a las grandes reservas de divisas acumuladas durante la Segunda Guerra Mundial y a los extraordinarios términos de intercambio favorables a la producción agrícola ganadera. Pero pronto comenzó a mostrar sus debilidades.

Las industrias creadas eran poco competitivas y derivaron en elevados precios para los consumidores, con el agravante de que por primera vez el país conoció la inflación. La superficie sembrada cayó un 15% y las reservas se derrumbaron, lo que impidió importar los insumos y máquinas que requería la industria naciente: la crisis de la balanza de pagos se hacía presente y no abandonaría a la Argentina hasta nuestros días. La debacle obligó a Perón a adoptar un severo plan de ajuste, iniciando el crónico problema del stop and go.

En años recientes, el cierre de la economía significó que el país no crezca desde 2011 sin que ello permitiera un incremento del empleo privado sino lo contrario: solo creció el empleo público y el trabajo informal llegó al récord del 50%.

En su Claves del retraso y del progreso de la Argentina, Juan José Llach y Martín Lagos nos informan: “En los 96 años que van desde el “quinquenio de oro” de la Argentina (1908-1912) hasta el último quinquenio analizado (2004-2008), el ingreso per cápita de Taiwán se multiplicó por un factor de 27,67; el promedio de España, Italia y Portugal se multiplicó por 8,76, y el del Brasil lo hizo por 7,72. Mientras tanto, el factor de multiplicación del PIB per cápita argentino fue de 2,57”. Y agregan que el bajísimo coeficiente de apertura es una de las principales causas de esa evolución, quizá la peor en Occidente.

En este sentido, es fundamental medir el nivel proteccionismo de la economía según la evolución de su coeficiente de apertura comercial, que resulta de la suma de importaciones y exportaciones dividida por el PBI. Este coeficiente es más chico en una economía cerrada y crecerá a medida que crece el comercio internacional de un país. Jorge C. Ávila muestra que hasta la crisis del ’30, el coeficiente de apertura superaba el 100%, pero en el período 1960-2024 esa cifra bajó al 21,7%, lo que nos convirtió en uno de los países más cerrados del mundo. En 2023, el coeficiente argentino fue de 26,6% mientras el promedio mundial de 161 países era de 94,7%. La Argentina ocupó el puesto 159 de la escala. Los valores de nuestros vecinos eran mucho más altos: Chile (61%), Uruguay (53%), México (74%). Un caso particular es Brasil, cuyo coeficiente de 34% se explica en parte por las fuertes restricciones al comercio exterior impuestas por el Mercosur.

La hora del consumidor

El proteccionismo, por su propio diseño, contrae los flujos comerciales de un país. Menos importaciones significa también menos exportaciones. Según muestra la evidencia, el comercio internacional genera beneficios para el crecimiento de largo plazo. La Argentina es un caso testigo de la forma en que el exceso de proteccionismo nos condujo a una extendida decadencia medida por parámetros objetivos.

El consumidor argentino fue quien sufrió las consecuencias de ese modelo exacerbado por el populismo y que nunca pudo ser reformado. Este esquema significó una formidable transferencia de recursos de los consumidores a los productores. El peronismo se olvidó que los trabajadores eran los mismos consumidores perjudicados por sus políticas estatistas y de cierre de la economía.

Es tiempo de que ese proceso se revierta o al menos se equilibre. Los consumidores argentinos han aprendido en carne propia no quieren volver a ser la variable de ajuste. Por fortuna, la sociedad ha evolucionado y las consignas proteccionistas ceden ante la demanda de acceder a bienes y servicios a precios similares al resto del mundo. De todos modos, la resistencia de los grupos corporativos se hará sentir y la incipiente apertura al mundo será puesta a prueba. Para defender nuestros derechos, la consigna de la hora es “¡Consumidores argentinos, uníos!”