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Carta a un amigo kirchnerista

El Litoral La reconciliación exige una vigorosa discusión de ideas pero con la condición de escuchar las opiniones ajenas

Juan

Dudé bastante en escribirte estas líneas. Creo que los dos reconocemos que la última vez que hablamos sobre política terminamos mal. Por eso, en homenaje a tantos años de amistad no necesitamos decirnos nada y simplemente nos distanciamos. Para mi fue doloroso y estoy seguro que también vos sentiste que tirábamos por la borda demasiados recuerdos compartidos. Eramos amigos de fierro y, sin embargo, hoy un abismo nos separa.

¿Te acordás cuando decíamos que nunca nos pelearíamos por culpa de nuestras novias o de la política? Hoy nos olvidamos lo que sabíamos en esos años: los fanáticos no tenemos interés en defender sus ideas con razones; simplemente buscamos la conversión del otro o su destierro, en este caso, de nuestra amistad.

Fuimos a la universidad en los tiempos oscuros de la dictadura, pero en ese entonces sólo pensábamos en estudiar y en recibirnos, para orgulo de nuestros padres y para forjarnos un futuro. Después de todo, formábamos parte de esa clase media que creía en el valor del trabajo y en el mérito propio. La misma que en nuestro barrio entrañable de Boedo se enfrascaba en discusiones tremendas sobre futbol o cine, nuestras pasiones comunes.

Sin darnos cuenta, llegó la democracia. Podemos decir, y no creo que estés en descacuerdo, que somos hijos de la democracia. Pertenecemos a una generación que no vivió en carne propio los horrores de los setenta, y por eso me parece mentira que peleemos por ese pasado que no nos identificaba y rechazábamos por su violencia y sectarismo. A fines del 82 iniciamos nuestra pequeña militancia política, en partidos diferentes, pero los dos con el inmenso entusiasmo de luchar por una Argentina en paz y en libertad. ¡Cómo no esperar entonces que estuviéramos juntos en la plaza cuando una sombra siniestra amenazó la presidencia de Alfonsín! ¡Que hermosos recuerdos tengo de esos años de ilusiones en que nos casamos y formamos nuestras familias! ¡Con que sana ingenuidad hablábamos de nuestros ideales sin que jamas nos permitiéramos violar aquel juramento que nos hicimos en la secundaria!

Pasó el tiempo y los argentinos acumulamos fracasos. La democracia trajo en su senomonstruos de crisis terribles, que arrojaron a la pobreza a millones de hermamos. No importa quién o quiénes fueron los culpables. Sentimos una profunda decepción por la pérdida de nuestros sueños, por la frustración angustiante de no ver a nuestro querido país yendo hacia la prosperidad y la equidad para las que tenía todas las condiciones. En esto siempre estuvimos de acuerdo. ¿Cuántas veces nos preguntamos café de por medio por qué había fallado la democracia? Luego del abismo del 2001, a los dos nos pareció que era hora de asumir nuestra responsabilidad de adultos y sumarnos a la lucha por nuestras ideas. En un momento en que todos decían “que se vayan todos”, apostamos a apoyar dos experiencias políticas que eran la única renovación en la Argentina del peronismo y el antiperonismo tradicionales, una antinomia que siempre creímos estéril: por mi parte, me sumé al PRO y vos al kirchnerismo. Seguíamos trabajando en el sector privado porque no pensamos la política como un medio de ganar plata sino como un compromiso con la vida pública.

Ahí comenzaron nuestros caminos de Damasco. Nos convertimos en seguidores acríticosde nuestros referentes políticos. Claro que de esto me doy cuenta ahora: en aquéllos días de furia contribuí tanto como vos a la bendita grieta. Dejamos de discutir ideas, valores, principios y nos dedicamos salvajamente a atacarnos con eslogans y consignas de barricada que en nada se parecián a nuestras discusiones de antaño. La grieta creció entre nosostros y se convirtió en una realidad más profunda que nuestra vieja amistad. ¿Cómo nos podremos perdonar el daño que nos hicimos?

Vos apoyás a Cristina y yo a Macri y está muy bien que lo digamos sin entrar en una riña de gallos. Pero entre tu visión de la sociedad argentina y la mía hay perspectivas que nos puede comprender a ambos si nos hacemos las preguntas justas. ¿Qué tendríamos que hacer para dejar atrás este reguero de rencores sin sentido? Antes que nada no deberíamos comenzar por afirmar nuestros dogmas. Por este camino, la reconciliación es imposible.

¿Cuáles son los temas que realmente nos separan? Me parece que podríamos enumerar docenas de temas pero la mayoría de ellos se reducen a dos o tres cuestiones básicas que son las que realmente alimentan la grieta. ¿No sería bueno pedirle a un observador imparcial que elija esos temas fundamentales y nos haga una propuesta aceptable para los dos? Te propongo un diálogo imaginario.

“Amigos, el primer punto que tocaría es el rol de las instituciones. Usted, Alejandro, cree que es fundamental respetar las instituciones de la Constitución y la división de poderes. Usted, Juan, en cambio, cree que los intereses del pueblo están por encima de las instituciones y que por contar con mayorías electorales es potestad del líder manipularlas con ese fin. Pero Juan, yo le pregunto: ¿aceptaría pacíficamente el derecho a gobernar de los amigos de Alejandro si ellos fueran mayoría? Sí, lo haría. Entonces les pregunto: ¿cuál es el desacuerdo?

En materia social, Ud. Alejandro: ¿reconocería que los sectores postergados requerirán durante muchos años del aporte solidario de quienes están mejor y que el Estado deberá arbitrar cuantiosos fondos de éstos hacia aquéllos? Por supuesto, es lo que está haciendo el gobierno de Macri. Entonces, les pregunto: ¿cuál es el desacuerdo?

Hablemos de derechos humanos. Del lado de Juan se piensa que hay que acelerar los juicios a los militares que actuaron en la represión ilegal. ¿Es así? Es así. Del lado de Alejandro, están de acuerdo con los juicios pero quisieran que se exprese públicamente la condena de la agresión terrorista para cerrar este capítulo doloroso. ¿Es así? Es así, creemos que la violencia promovida por líderes fanáticos que arrastraron a miles de jóvenes a la muerte debe ser condenada moralmente, para que cicatricen las heridas de quienes también perdieron familialres y amigos a manos de los guerrilleros. Juan ¿aceptaría esta posición si fuera la prenda de unión de los argentinos? Lo aceptaría. Entonces, les pregunto: ¿cuál es el desacuerdo?

Si comienzan a buscar concordia en estos tres temas básicos, el resto vendrá sólo. Porque no se trata de lograr acuerdos híbridos que diluyen las ideas; todo lo contrario, la reconciliación exige una vigorosa discusión de ideas pero con la condición de escuchar las opiniones ajenas. Expulsen la intolerancia de sus corazones”.

Juan, ¿No será que la sociedad argentina está mucho más madura que sus dirigentes y es hora de que abandonemos la confrontación por la confrontación misma? Me despido con la esperanza de que estas líneas contribuyan a recuperar nuestra amistad. Hago votos para que todo lo que nos unió y nos une tienda un puente sobre lo que nos separa porque estoy seguro que antes que nada somos buenas personas y argentinos que deseamos lo mejor para nuestros hijos. Y no tengas la menor duda: me siento tu amigo del alma.

Un abrazo fraternal para tu familia. Alejandro.

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