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Balance de un siglo: 1910-2010

La Nación Sin ideas claras no habrá logros duraderos, sino nuevas frustraciones. Como un aporte al debate, es posible hacer un balance del siglo transcurrido desde 1910, desde una perspectiva histórica que compare en cuáles de los grandes temas nacionales estamos mejor, igual o peor que hace cien años

Una nueva celebración del 25 de Mayo encuentra al país dividido por el agotamiento de la estrategia de concentración de poder el kirchnerismo, seguida para resolver los numerosos problemas que se incubaron desde el año 2003. Atento a su creciente aislamiento de la sociedad, el oficialismo ha decidido lanzar al ruedo político la rúbrica de un Pacto del Bicentenario, aunque todavía no está claro si comprende cuáles son sus condiciones de éxito: debería proyectarse en el largo plazo, contar con el máximo consenso posible y, muy especialmente, acordar un programa de ideas a la altura de los desafíos que enfrentamos los argentinos.

Sin ideas claras no habrá logros duraderos, sino nuevas frustraciones. Como un aporte al debate, es posible hacer un balance del siglo transcurrido desde 1910, desde una perspectiva histórica que compare en cuáles de los grandes temas nacionales estamos mejor, igual o peor que hace cien años.

Existen dos elementos que conservan todo su potencial de riqueza: la vitalidad y el talento de los argentinos y la competitividad del complejo agropecuario (a ésta ventaja se suman precios comparables con los que nos llevaron a ser reconocidos como el granero del mundo)

Empero, más importante resulta comprender que existen tres problemas que se conservan hoy igual que en 1910, porque establecen el punto de partida de los grandes temas no resueltos: los desajustes del sistema federal, un sistema de partidos políticos no consolidado y una estructura sindical no adecuada para el desarrollo.

En cuanto a las diferencias negativas con el Centenario, el retroceso de la educación como misión intergeneracional alcanza niveles de tragedia nacional. En materia de relaciones exteriores, el autismo ha reemplazado nuestra tradicional política de inserción, relegando nuestro liderazgo en la región. El prestigio de la Corte Suprema de Justicia está varios escalones por debajo del que tenía en el Centenario, por la politización sufrida durante décadas.

Urge recuperar el imperio de la ley y su acatamiento estricto por los ciudadanos. Factor al que se suma un sistema legal hipertrofiado, que facilita la existencia de una burocracia improductiva y ineficiente.

En cuanto a la prosperidad económica, un abismo separa la riqueza per cápita que habíamos alcanzado en 1910 (que nos ubicaba entre los primeros países del mundo) de la pobreza injustificada que hemos conseguido a base de repetir errores. Todo ello, agravado por el peso muerto de un sector público obsoleto, que no cumple su moderno rol social.

Otro punto muy negativo en este inventario es la omnipresencia de la corrupción en el Estado. También resulta de gran trascendencia que nuestros mejores pensadores no tengan la ascendencia social que ejercían con naturalidad sus antecesores a principios del siglo XX para así influir en la elaboración del proyecto argentino para las próximas décadas.

Finalmente, citamos un punto que se suele olvidar: no existe un consenso tácito sobre el futuro del país. En el Centenario eran habituales y profundos los conflictos, pero se disputaban sin cuestionar principios básicos de convivencia y explícita o tácitamente todos los argentinos se sentían partícipes de un proyecto de vida en común, que se podía perfeccionar sin dividir a la nación en bandos irreconciliables. En el Centenario, la Argentina tenía prestigio internacional y un gran futuro peraltado y hoy perdimos ambos en buena parte.

En compensación, existe un valioso catalogo de puntos fuertes a conservar. El primero es que hemos dejado de ser un crisol de razas para transformarnos en el pueblo argentino a secas, un pueblo homogéneo y con identidad propia. También es incomparable el desarrollo industrial con el existente a principios del siglo XX.

Pero, sin duda, la mejora más significativa se relaciona con la vigencia del ideal democrático. A pesar de que la calidad institucional es todavía pobre, a pesar de las crisis recurrentes, los argentinos creemos firmemente en el valor de la democracia. Junto con este logro tan duramente conquistado se encuentra el fortalecimiento de la sociedad civil y la influencia de la opinión pública, cuyo papel será decisivo en los lustros que vienen.

La agenda básica del Bicentenario se desprende de la simple enumeración de los puntos anteriores. Para que el debate sea beneficioso, todos los actores sociales están obligados a demostrar inteligencia de miras y respeto por las opiniones ajenas.

La tarea es enorme, pero contamos con una ventaja no apreciada debidamente: hemos aprendido de nuestros errores. Aunque en la superficie de los acontecimientos no se lo perciba, los argentinos hemos hecho nuestro sufrido aprendizaje histórico y sabemos que los pueblos que no aprenden de sus errores están condenados a repetirlos.

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