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2001, una odisea del espacio: ciencia ficción y filosofía

No Publicados Declarada mi admiración por 2001, agrego que a su excelencia como obra de arte se suma un alto significado simbólico: representa la evolución del hombre con la fuerza expresiva que solo el cine puede lograr

La ciencia ficción es mi género de cine favorito. Su capacidad de imaginar utopías, recrear historias sobre civilizaciones extraterrestres, viajes en el tiempo o anunciar futuros siniestros es proverbial. Por esta preferencia, si tuviera que elegir un film, uno solo, el mejor entre todos los géneros, me inclinaría sin duda por “2001, odisea del espacio”, de Stanley Kubrick.

Estrenada en 1968, el film es una conjunción de inmenso talento puesto al servicio de una obra maestra. El trabajo en paralelo entre Kubrick dirigiendo el film y Arthur Clarke escribiendo la novela homónima representó una simbiosis creativa en la que el film es un triunfo superior aun siendo la novela una pieza de enorme calidad.

Declarada mi admiración por 2001, agrego que a su excelencia como obra de arte se suma un alto significado simbólico: representa la evolución del hombre con la fuerza expresiva que solo el cine puede lograr. Veamos primero su argumento.

El film comienza en tiempos prehistóricos donde los monos viven sobrecogidos de temor y se enfrentan con grupos enemigos por la supervivencia. En ese contexto, mientras se escucha la música espectral del Kyrie de György Ligeti, se desarrolla una escena sublime que sintetiza en segundos y con arrebatadora plasticidad, la historia de la humanidad.

De la nada y de improviso, aparece un misterioso monolito negro, que será el leivmotiv del film. Ante la presencia perturbadora del monolito, los monos son inducidos a pararse frente a él. En un trance hipnótico sus mentes se exponen a su influencia hasta que uno de ellos toma un hueso del suelo y comienza a blandirlo amenazadoramente: ha descubierto el arma. Enfrenta a un animal y luego de matarlo continúa golpeándolo, con la música de Así habló Zaratrusta de Richard Strauss creando un clímax epopéyico. Golpea al muerto una y otra vez mientras la cámara lo enfoca de abajo hacia arriba. ¿Recuerdan la escena? ¿Recuerdan el rítmico movimiento del brazo del mono que ya es el primer hombre cayendo sobre la figura indefensa del animal? ¿Y recuerdan luego cómo el mono-hombre desafía a sus enemigos, y en un gesto triunfal que será distintivo del predominio de su raza en la Naturaleza, arroja el hueso-arma al cielo y cómo éste va girando lentamente, seguido por la cámara en primer plano, para transformarse en un microsegundo en un satélite espacial orbitando la Tierra? Del hueso-arma al satélite del futuro en una sola toma, he ahí la fabulosa escena de Kubrick que prefiero a cualquier otra. Así, y según las expresivas palabras de Clarke, el monolito negro encendió la chispa de la conciencia humana.

Ahora estamos en el siglo XX. En la Luna se ha desenterrado un extraño objeto que está siendo investigado. Cuando un grupo de científicos enviados desde la Tierra se acerca al sitio, se observa el monolito negro, enigmático, provocador, inescrutable por la ciencia. En ese instante, en que se repite la música de Ligeti, un sonido estridente surge del monolito y emite una señal hacia Jupiter.

En la próxima escena, la nave espacial Discovery se aproxima al planeta gigante. Dos astronautas interactúan con HAL, la supercomputadora a cargo de la misión que se anticipa genialmente a las versiones presentes de IA, incluso mostrando que tiene conciencia propia de su existencia. Por una falla en la antena de comunicaciones, estalla un conflicto entre los tripulantes y HAL, que se defiende de su posible desconexión eliminando a todos menos uno, el comandante Dave Bowman. Dave logra desconectarla en otra escena memorable que merece figurar en cualquier antología del cine por el diálogo entre Dave y Hal. Hal se resiste a morir mientras manifiesta que siente miedo y su voz se desvanece en sonidos guturales e incomprensibles. En esa época, el hombre se imponía a la IA.

Dave encuentra un nuevo monolito negro flotando en las cercanías de Júpiter y se acerca en una pequeña nave individual. Se deja llevar e ingresa a un carrusel de luces y formas sicodélicas y restallantes, que conforman un parto sideral, por el que navega en éxtasis hasta que aparece en una habitación de época. Se descubre a sí mismo, acostado en una cama, muy envejecido. Frente a la cama está el monolito negro. Levanta su brazo moribundo hacia el monolito, y en la cama aparece el nuevo hombre, el hijo de las estrellas, un feto de ojos con enormes pupilas translúcidas y azuladas, envuelto en una placenta transparente. La cámara enfoca el monolito, el hijo de las estrellas lo atraviesa y se dirige a la Tierra con la música prometeica de Así habló Zaratustra estallando triunfalmente. Se ha consumado la evolución del hombre.

Según el Antiguo Testamento, la evolución se inicia con un momento creador de Dios, descripto en el Génesis. Con la aparición de la obra de Charles Darwin, la evolución se explicó como un despliegue por selección natural en un ciclo de millones de años, dando lugar a nuevas formas de vida hasta llegar al hombre como el fruto más excelso. La Iglesia terminó aceptando esta teoría de la ciencia pero siguió sosteniendo a Dios como el creador del universo y del alma humana. Por su parte, en el siglo XX los científicos definieron el origen del universo con la teoría del Big Bang.

Lo importante es resaltar que tanto para la religión como para la ciencia, existe un primer paso iniciático que da origen al proceso evolutivo, que a partir de ese momento se desenvolverá de modo autónomo y creativo.

Aquí es donde 2001 aporta una visión diferente sobre la evolución, que puede interpretarse en línea directa con la teoría de la evolución del filósofo español Xavier Zubiri.

Zubiri afirma que en la evolución del hombre hay un salto trascendental que la ciencia no puede explicar entre el animal que siente las cosas como meros estímulos y el hombre con intelección de la realidad. En términos sencillos, es un salto inexplicable entre la sensibilidad animal y la conciencia humana.

Según Zubiri, la evolución tiene estadios en los cuales ciertas formas de vida animal adquieren tal complejidad que exigen pasar a una instancia superior para seguir siendo viables. A medida que avanza la evolución en sus formas superiores, los prehomínidos alcanzan un desarrollo de su capacidad cerebral que los satura de estímulos y desbordan la efectividad de sus respuestas para sobrevivir y seguir siendo una especie viable. Estas estructuras hiper desarrolladas, que se han dado por selección natural, exigen el paso a un nivel superior, que será la inteligencia humana. Y es en este momento crucial donde se produce la intervención divina para posibilitar ese paso trascendente, que la ciencia no puede explicar.

En línea con esta teoría, 2001 plantea que la evolución del hombre requiere de periódicas intervenciones de una inteligencia extraterrestre, expresada en el monolito negro. Cuando el hombre desentierra el monolito en la Luna envía una señal de que está listo para el próximo salto evolutivo.

Nos enfrentamos a un nuevo modo de presentar la evolución del hombre: la evolución como un fenómeno que no se reduce a un momento inicial sino que se despliega en distintas fases.

Según Zubiri, Dios ha querido que el mundo se desenvuelva a través de la evolución, sin predeterminar su sentido ni sus formas: esto quiere decir que la acción creadora de Dios no se restringe a una única intervención divina al principio de los tiempos, sino que se desarrolla también cuando el animal prehomínido exige una nueva intervención para pasar a la inteligencia humana. Esta intervención no es una ruptura del proceso evolutivo sino la fase superior del desenvolvimiento de las leyes naturales creadas por Dios.

En el pensamiento de Zubiri hay dos órdenes de realidad que sólo pueden emerger de una raíz trascendente que va más alla de la física y la biología: la materia en su estado inicial y la inteligencia humana.

Dios es el creador de un cosmos en evolución. Zubiri no postula una intervención continua en la evolución natural sino cuando es esencial para que florezca el hombre. Esta magnífica visión que integra ciencia y teología se muestra en todo su esplendor en 2001.

“2001, una odisea del espacio” no fue nominada para el Oscar a la mejor película. Stanley Kubrick fue nominado para mejor director pero no ganó el premio. En toda su genial carrera, Kubrick solo ganó un Oscar por el diseño de los mejores efectos especiales de 2001. Parafraseando a Borges podría haber dicho: “no darme el Oscar se ha convertido ya en una antigua tradición de Hollywood”.

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