La sociedad argentina tenía la palabra. Y se manifestó. El presidente Milei tiene ante sí la enorme responsabilidad de llevar a la práctica las ideas de la libertad, núcleo esencial de su campaña. Es la primera vez en nuestra historia que esas ideas llegan al gobierno mediante elecciones democráticas. Pero la llegada al gobierno no significa que hayan llegado al poder. Como sabía Foucault, la sociedad es un archipiélago de poderes y en ese ámbito de altísima complejidad se desenvolverá la presidencia de Milei, cuyo desafío crece al tomar en cuenta la gigantesca crisis económica que deja el Gobierno. En estas circunstancias extremas, en que se inicia una dificilísima transición entre modelos diferentes de país, un nuevo líder debe desplegar habilidades políticas excepcionales. Kissinger, en su extraordinario libro Liderazgo lo señala con meridiana claridad: “El liderazgo es aún más esencial durante las transiciones. En esos momentos, los líderes están llamados a hacer diagnósticos y a pensar de manera creativa: ¿cuáles son las fuentes de bienestar de la sociedad? ¿Y las de su decadencia? ¿Qué herencias del pasado deben conservarse y cuáles adaptarse o descartarse? Y, en el extremo, ¿es la sociedad lo bastante vital y segura para tolerar el sacrificio como paso intermedio hacia un futuro más satisfactorio?”. De la respuesta que se dé a estos interrogantes dependerá en buena medida el futuro del gobierno de Milei.

Hay lugar para el optimismo. En materia política, hemos logrado un consenso a largo plazo sobre la necesidad de respetar las instituciones democráticas. Nada parecido había sucedido con la economía. La negligencia y la irresponsabilidad económica han estado a la orden del día, con terribles consecuencias para los argentinos. Sin embargo, esta vez se han manifestado a favor de un cambio de raíz en la estructura económica. Nadie podrá decir que Milei no anticipó los ejes de su visión económica. Las recetas erróneas serán vistas en un futuro próximo del mismo modo que hoy vemos al poder militar de antaño: como un error del pasado que no volverá a ocurrir. Es la hora de los consensos económicos. Al consenso democrático se suma finalmente el consenso económico. Y entonces el cortoplacismo populista ya no tendrá lugar en la Argentina.

Este panorama optimista enfrenta fortísimas tensiones. Una nueva trayectoria histórica no estará exenta de incertidumbre: el camino hacia un país renovado y fortalecido en sus valores fundacionales producirá agudos dolores de parto. Apelo nuevamente a la lucidez de Kissinger: “En su búsqueda del camino a seguir, el liderazgo estratégico podría compararse a atravesar una cuerda floja: al igual que un acróbata puede caerse si es demasiado tímido o demasiado audaz, un líder está obligado a moverse dentro de un margen estrecho, suspendido entre las certezas relativas del pasado y las ambigüedades del futuro”.

La sociedad argentina tuvo la palabra; ahora la política tiene la palabra. Es esencial que el nuevo gobierno invierta tres cuartas partes de su tiempo en comunicar sus metas, explicar sus medidas para lograr apoyo popular. La transición será muy exigente para la sociedad y se requerirá un esfuerzo sostenido de comunicación. El cambio exige un mensaje enérgico y esperanzador de cara al futuro. Sobre esto escribe Kissinger: “Ninguna sociedad puede seguir siendo grande si pierde la fe en sí misma”. El cambio se abre paso. Una verdadera revolución en democracia está en marcha.

Publicado en La Nación

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